—Yo, digo, nosotros, sabremos al fin si nuestro pobre peregrino es santo, o es demente. Espero que podremos reconocer en él uno de los dos estados, con exclusión del otro. Y en el caso de que existieran juntamente santidad y locura, en ese caso...

—Arrancaremos la locura para echarla al fuego, como hierba mala nacida en medio del trigo —dijo don Manuel—, conservando pura e intacta la santidad.

—Y si existieran juntas y confundidas, en una misma planta —agregó Halma—, respetaríamos este fenómeno incomprensible, y nos quedaríamos tristes y desconsolados, pero con nuestra conciencia tranquila.

Flórez miraba al suelo, y Urrea no quitaba los ojos de su prima, cuyas palabras deletreaba en los labios de ella, al mismo tiempo que las oía. Después de una mediana pausa, y queriendo adelantarse al pensamiento de la señora, dijo el sacerdote:

—Pues para llegar a ese conocimiento y a esa separación, señora mía, tendríamos que... digo, veríamos de...

—No, si por más que usted discurra, no puede adivinar lo que he pensado, lo que haremos, si Dios me ayuda, y creo que me ayudará, pues la sentencia que acabamos de saber viene, como de molde, a favorecer mi pensamiento, obra magna, don Manuel, una empresa de caridad que ha de merecer su aprobación. Verá usted —añadió después de otra pausita, aproximando su silla baja al sillón del limosnero—. Pues, señor, ahora la ley civil le dice a la eclesiástica: yo, apoyada en la opinión de la ciencia, he debido declarar y declaro que ese hombre está loco. Como su locura es inofensiva, monomanía pietista nada más, que no exige custodia ni vigilancia muy rigurosas, renuncio a albergarle en mis casas de orates, donde tengo a los furiosos, a los lunáticos, casos mil de las innumerables clases de desorden mental. Ahí tienes a ese hombre; encárgate tú, Iglesia, de cuidarle, y, si puedes, de devolver el equilibrio a su entendimiento. Es pacífico, es bueno, es de dulce condición en su desvarío. No te será difícil restablecer en él el hombre de conducta ejemplar, el sacerdote sumiso y obediente...

—Y le cogemos —dijo Flórez—, y le mandamos a un convento de Capuchinos, o a una de las hospederías religiosas, que existen para estos casos, y le tenemos allí un año, dos, tres, al cabo de los cuales, estará lo mismo que entró.

—Quiere decir que no le cuidarán, que no le observarán, mirando por su existencia y por su razón con el interés paternal que se debe a un alma como la suya, buena, piadosa, a un alma de Dios...

—No digo que...

—Pero nada de esto pasará —afirmó la Condesa, levantándose nerviosa, y cogiendo el bastón de Urrea para reforzar el gesto decidido con que acentuaba la palabra.