—¿Pues qué se hará, señora?

—A usted, mi señor don Manuel, le corresponderá la gloria mundana de esta prueba, si, como creo, Dios la corona con un éxito feliz.

—¿Y qué tengo yo que hacer, señora mía? —preguntó el eclesiástico un poco molesto, pues no le caía en gracia aquello de hacer él cosas que ignoraba, ni que su autoridad quedara reducida a ejecutar órdenes superiores, como un vulgar secretario.

—Una cosa muy sencilla, y que me parece fácil. Mañana mismo... no hay que perder un solo día... mañana mismo, don Manuel Flórez y del Campo, el ejemplarísimo sacerdote, el gran diplomático de la caridad, coge el sombrero y se va a ver al señor Obispo. Su Ilustrísima, naturalmente, le recibe con los brazos abiertos, y usted le dice: «Señor Obispo, una dama de nuestra aristocracia...»

—¡Ah! ya... Una dama de nuestra aristocracia...

—¡Si lo adivina, si lo sabe, si no tengo que decir más! Pues qué: ¿no ha pensado usted lo mismo que yo? ¿No viene hace días dando vueltas en su mente a esta solución? ¿No esperaba saber la sentencia para proponérmelo?

—Sí, sí... Yo pensaba... En efecto... La idea es buena —dijo el limosnero, queriendo cazar al vuelo las de su noble amiga—. Claro que había pensado yo... Pues «Ilustrísimo señor, una dama de nuestra aristocracia, persona de grandes virtudes y celo cristiano, que quiere consagrar su vida al santo ejercicio de la caridad, ha imaginado que...»

Detúvose bruscamente don Manuel, vacilante, clavó sus ojos en Halma, después en Urrea, para volver a mirar con escrutadora fijeza a la ilustre señora, y en aquel punto, como si recibiera inspiración del Cielo, o algún genio invisible en el oído le susurrara, vio el pensamiento de la Condesa con toda claridad. Y recordando al instante palabras y frases sueltas de conversaciones anteriores, y viendo en ellas perfecto ajuste con lo que acababa de oír, ya no necesitó más el agudo presbítero para recobrar toda su compostura mental, y sentirse dueño de sí mismo, y a punto de serlo de la situación. Limpió el gaznate para aclarar la voz, tomó de manos de Halma el bastón de Urrea, y fue marcando con él sobre la alfombra estas o parecidas expresiones:

—La señora Condesa ha tenido un pensamiento grande y bello, como suyo. Hace tiempo concibió el proyecto de destinar su casa de Pedralba a un fin caritativo, estableciéndose allí, al frente de una pequeña sociedad de desvalidos y menesterosos, de pobres enfermos y de ancianos sin recursos. Bueno, Señor, bueno. Pues ahora, la señora Condesa se dirige por mi conducto al señor Obispo, y le dice: «A ese pobre clérigo perseguido, absuelto y tachado de locura, yo me le llevo a Pedralba, allí le cuido, allí le rodeo de calma, de un bienestar modesto; doy a su espíritu la soledad campestre, a su asendereado cuerpo descanso, y como él es bueno y sencillo, y su corazón se conserva puro, respondo de que en breve tiempo podré devolvérselo a la Iglesia, limpio de las nieblas que han empañado su mente. Entréguenme el vagabundo, y les devolveré el sacerdote; denme el enfermo, y les devolveré el santo.»

—¿Y eso puede ser? —preguntó vivamente la viuda, sin admirarse de lo bien que el sagaz Flórez le adivinaba las intenciones—. Quiero decir: ¿consentirá el señor Obispo...?