—¡Ah!... lo veremos. Mucha fuerza ha de hacerle su nombre, señora.

—Y más aún la intervención de usted.

—En casos como este de Nazarín, el Prelado adoptará uno de dos procedimientos: o entregar al enfermo un vale perpetuo para el Asilo de Eclesiásticos, o ponerle bajo la salvaguardia de una familia respetable de reconocida virtud y piedad. Esto último se ha hecho hace poco con un pobre clérigo que padecía de ataquillos de enajenación.

—Pues la familia respetable a quien se encomiende la custodia y cuidado de este santo varón, seré yo.

—Sin duda. Y mucho mejor, si se constituye el Asilo o Recogimiento en forma legal y canónica, poniéndolo, como es natural, bajo la tutela del jefe de la diócesis.

—En fin —dijo Halma gozosa—, que Nazarín es nuestro. Y el señor Obispo, ya lo estoy viendo, alabará mucho este plan al saber que es idea de usted.

—Idea mía no —replicó Flórez sin mirar a la dama—. Si acaso, en parte... Ambos pensamos lo mismo. Pero yo no podía pronunciar sobre ello la primera palabra, y tuve que aguardar a que la dijese quien debía decirla.

—Quedamos en que mañana mismo...

—Mañana mismo, sí señora.

—No se nos adelante alguno...