—¡Ah! lo que es eso... Pierda usted cuidado.
Retirose don Manuel a su casa, y aquella noche fue acometido de una lúgubre congoja, cuyo fundamento el buen clérigo no podía explicarse. «Esta tristeza hondísima y que parece que me abate todo el ser —se decía, sin poder conciliar el sueño—, no proviene de causa puramente moral. Aquí hay algún trastorno grave de la máquina. O el hígado se me deshace, o la cabeza se me quiere insubordinar, o el corazón se fatiga, y me presenta la dimisión.»
V
Hízose todo como Catalina de Artal deseaba, sin que la gestión del buen Flórez tropezase con ninguna dificultad ni obstáculo de importancia. Notaban en él cuantos en aquella ocasión le vieron, lo mismo en las oficinas eclesiásticas, que en las casas nobles que ordinariamente visitaba, una gran decadencia física, la cual parecía más grave por la pérdida de la jovialidad. Además, claramente se advertía cierta inseguridad en las ideas, y dispersión de las mismas en el momento de querer expresarlas, vamos, como si se le fuera el santo al cielo, según el dicho vulgar. No era ya el mismo hombre; en pocos días su cuerpo perdió la derechura que le hacía tan gallardo, su cara se había vuelto terrosa, sus manos temblaban, y cuando quería sonreírse, su habitual expresión afable le resultaba fúnebre.
—O don Manuel está muy malo —decían sus amigos—, o algún hondo pesar silenciosamente le mina.
Una mañana, el Marqués de Feramor le mandó llamar cuando descendía del aposento de la Condesa, y encerrándose con él en su despacho, puso la cara de las grandes solemnidades para decirle:
—¡Parece mentira que nuestro querido Flórez, desmintiendo su grave carácter, se haya prestado a favorecer las increíbles extravagancias de mi hermana! Primero, la tontería de meterse a redentores de José Antonio, poniéndose en ridículo, y dando lugar al desbordamiento de las hablillas y chirigotas. No era esto bastante, y entre mi hermana y su limosnero inventan este sainetón grotesco de llevarse a Pedralba toda la cuadrilla nazarista... porque supongo irán también las discípulas, para mayor edificación... Ya ha principiado el coro de burlas, que a mí no me afectan, no señor, porque todo el mundo sabe que permito a mi hermana lanzarse por su cuenta y riesgo a estas aventuras locas, para que encuentre en la ruina y en el ludibrio de las gentes el castigo de su soberbia.
La actitud y el lenguaje del señor Marqués eran de pontifical, según el rito inglés parlamentario y economista.
—Lo que más me duele —añadió—, es que nuestro buen amigo, en vez de poner un freno a estas que califico benignamente llamándolas extravagancias, les haya dado calor y apoyo con su autoridad...
Al oír esto, una onda de sangre subió del corazón al cerebro del sacerdote, y la ira, que era en él, por índole y por costumbre, sentimiento casi desconocido, se encendió en su corazón súbitamente. Al querer expresarla, las palabras se le atropellaron en la boca, su rostro enrojeció, sus ojos se avivaron. Con lengua torpe pudo decir tan solo: