Aunque es persona muy conocida en Madrid, quiero decir algo ahora del carácter del señor Marqués de Feramor, cuya corrección inglesa es ejemplo de tantos, y que si por su inteligencia, más sólida que brillante, inspira admiración a muchos, a pocos o a nadie, hablando en plata, inspira simpatías. Y es que los caracteres exóticos, formados en el molde anglosajón, no ligan bien o no funden con nuestra pasta indígena, amasada con harinas y leches diferentes. Don Francisco de Paula-Rodrigo-José de Calasanz-Carlos Alberto-María de la Regla-Facundo de Artal y Javierre, demostró desde la edad más tierna aptitudes para la seriedad, contraviniendo los hábitos infantiles hasta el punto de que sus compañeritos le llamaban el viejo. Coleccionaba sellos, cultivaba la hucha, y se limpiaba la ropita. Recogía del suelo agujas y alfileres, y hasta tapones de corcho en buen uso. Se cuenta que hacía cambalaches de tantas docenas de botones por un sello de Nicaragua, y que vendía los duplicados a precios escandalosos. Interno en los Escolapios, estos le tomaron afecto y le daban notas de sobresaliente en todos los exámenes, porque el chico sabía, y allá donde no llegaba su inteligencia, que no era escasa, llegaba su amor propio, que era excesivo. Contentísimo del niño, y queriendo hacer de él un verdadero prócer, útil al Estado, y que fuese salvaguardia valiente de los intereses morales y materiales del país, su padre le mandó a educar a Inglaterra. Era el señor Marqués anglómano de afición o de segunda mano, porque jamás pasó el canal de la Mancha, y solo por vagos conocimientos adquiridos en las tertulias sabía que de Albión son las mejores máquinas y los mejores hombres de Estado.

Allá fue, pues, Paquito, bien recomendado, y le metieron en uno de los más famosos colegios de Cambridge, donde solo estuvo dos años, porque no hallándose su papá en las mejores condiciones pecuniarias, hubo de buscar para el chico educación menos dispendiosa. En un modesto colegio de Peterborough dirigido por católicos, completó el primogénito su educación, haciéndose un verdadero inglés por las ideas y los modales, por el pensamiento y la exterioridad social. En Peterborough no había los refinados estudios clásicos de Oxford, ni los científicos de Cambridge; los muchachos se criaban en un medio de burguesía ilustrada, sabiendo muchas cosas útiles, y algunas elegantes, cultivando con moderación el horse racing, el boat-racing, y con la suficiente práctica de lawn-tennis para pasar en cualquier pueblo del continente por perfectas hechuras de Albión.

Hablaba el heredero de Feramor la lengua inglesa con toda perfección, y conocía bastante bien la literatura del país que había sido su madre intelectual, prefiriendo los estudios políticos e históricos a los literarios, y siendo en los primeros más amigo de Macaulay que de Carlyle, en los segundos más devoto de Milton que de Shakespeare. Tiraba siempre a la cepa latina. Al salir del colegio, consiguiole su padre un puesto en la embajada, para que por allá estuviese algunos años más empapándose bien en la savia británica. En aquel periodo se despertaron y crecieron sus aficiones políticas, hasta constituir una verdadera pasión; estudió muy a fondo el Parlamento, y sus prerrogativas, sus prácticas añejas, consolidadas por el tiempo, y no perdía discurso de los que en todo asunto de importancia pronunciaban aquellos maestros de la oratoria, tan distintos de los nuestros como lo es el fruto de la flor, o el tronco derecho y macizo de la arbustería viciosa.

Ya frisaba don Francisco de Paula en los treinta años cuando por muerte de su señor padre heredó el marquesado; vino a España, y a los diez meses casó con doña María de Consolación Ossorio de Moscoso y Sherman, de nobleza malagueña, mestiza de inglesa y española, joven de mucha virtud, menos bella que rica, y de una educación que por lo correcta y perfilada a la usanza extranjera, no desmerecía de la de su esposo. Poco después casó la hermana mayor del Marqués con el Duque de Monterones. Catalina, que era la más joven, no fue Condesa de Halma hasta seis años después.

Pues, señor, con buen pie y mejor mano entró el decimoséptimo Marqués de Feramor en la vida social y aristocrática del pueblo a que había traído las luces inglesas y la ortodoxia parlamentaria del país de John Bull. Afortunadísimo en su matrimonio, por ser Consuelo y él como cortados por la misma tijera, no lo fue menos en política, pues desde que entró en el Senado representando una provincia levantina, empezó a distinguirse, como persona seria por los cuatro costados, que a refrescar venía nuestro envejecido parlamentarismo con sangre y aliento del país parlamentario por excelencia. Su oratoria era seca, ceñida, mate y sin efectos. Trataba los asuntos económicos con una exactitud y un conocimiento que producían el vacío en los escaños. ¿Pero qué importaba esto? Al Parlamento se va a convencer, no a buscar aplausos; el Parlamento es cosa más seria que un circo de gallos. Lo cierto era que en aquella soledad de los bancos rojos, Feramor tenía admiradores sinceros y hasta entusiastas, dos, tres y hasta cinco senadores machuchos, que le oían con cierto arrobamiento, y luego salían poniéndole en los cuernos de la luna:

—Así se tratan las cuestiones. Aquí, aquí, en este espejo tienen que mirarse todos: esto es lo bueno, lo inglés de la tía Javiera, la marca Londón legítima, de patente.

IV

Fuera del Senado, el Marqués tenía también su grupito de admiradores, que le citaban de continuo como un modelo digno de imitación. Por él y por otros muy contados próceres, se decía la frase de cajetín: «¡Ah, si toda nuestra nobleza fuera así, otro gallo le cantara a este país!» El amanerado argumento de achacar nuestras desgracias políticas a no tener un patriciado a estilo inglés, con hábitos parlamentarios y verdadero poder político, llegaba a ser una cantinela insoportable.

Es muy digno de notarse que Feramor desmentía la vulgar creencia de que todo inglés de alta clase ha de ser caballista, y delirante por cualquiera de los sports que en Albión se usan. Para gloria suya, no había importado del país serio, más que la seriedad, dejándose de lado allí del canal las chifladuras hípicas. Aunque algo y aun algos entendía de lo referente al turf, no se ocupaba de ello sino con frialdad cortés, marcando siempre la distancia que media intelectualmente entre un handicap y un discurso político, aunque sea ministerial. Y si era cazador, y de los buenos, no mostraba por esta afición una preferencia sistemática y absorbente. Así los gustos como las obligaciones existían en él en su valor propio y natural, y la inteligencia era siempre la maestra y el ama de todo. En el concierto de sus facultades dominaba la que Dios le había dado para que gobernase a las demás, la facultad de administrar, y mientras llegaba el caso de llevarle las cuentas a la Nación, llevaba las suyas con un acierto y una nimiedad que eran un nuevo tema de aplauso para sus admiradores. «¡Un aristócrata que administra! ¡Oh, si hubiera muchos Feramor en nuestra grandeza, la nación no andaría tan de capa caída!»

La fortuna patrimonial del Marqués no era grande, porque su padre había puesto en práctica doctrinas que se daban de cachetes con la regularidad administrativa. Pero la riqueza aportada al matrimonio por la Marquesa fortalecía considerablemente la casa, en la cual reinaba un orden perfecto, gastándose tan solo la mitad de las rentas. Vivían, pues, con decoro y modestia, sometidos gustosamente a un régimen de previsión entre dos jalones, el de delante fijando el límite de donde no debía pasar el lujo, para evitar despilfarros, el de atrás marcando la raya de la economía, para no llegar a la sordidez. A mayor abundamiento, la Marquesa, que parecía hecha a imagen y semejanza de su esposo, y que con la convivencia se asimilaba prodigiosamente sus ideas, salió tan administrativa y administradora como él, y le ayudaba a sostener aquel venturoso equilibrio. Ambos lucían en el gobierno de la casa, con una perfecta entonación económica, si es permitido decirlo así. Diversas eran las opiniones mundanas sobre esta manera de vivir, pues si algunos les criticaban por no tener una cuadra de gran importancia hípica, como correspondía a los gustos ingleses del Marqués, otros le elogiaban sin tasa por su excelente biblioteca, principalmente consagrada ¡oh!... a ciencias morales y políticas. Su mesa era inferior a la biblioteca, y superior a la cuadra. Solo había cinco convidados un día por semana.