Expresadas las opiniones, conviene apuntar las hablillas, aunque estas desdoren un poco la noble figura de los Feramor. Lenguas, que evidentemente eran malas, decían que el Marqués colocaba el sobrante de sus rentas a préstamo con réditos enormes, sacando de apuros a sus compañeros de grandeza, comprometidos en el juego, en el sport o en otros vicios. En esto la maledicencia no acertaba, como casi siempre sucede, pues los préstamos del Marqués no eran de calidad extremadamente usuraria. Se reforzaba, sí, con buenas hipotecas, y cuando la garantía era floja y el reembolso problemático, sus principios económicos le aconsejaban aumentar prudencialmente los intereses. Ello es que si en rigor de verdad no debía ser llamado usurero, tampoco habría mayor injusticia que aplicarle el calificativo de generoso. Ni la adulación que todo lo puede, podía llamarle así. Los amigos más benévolos no acertaban a descubrir en él un rasgo de desprendimiento, o un ejemplo de favor desinteresado. Era todo exactitud en el pensar, precisión matemática en las acciones, como una máquina de vida social en la que se suprimieran los movimientos de la manivela afectiva. No faltaba jamás a sus deberes, no se le podía coger en descuido de sus compromisos; pero tampoco se le escapaba la sensiblería de hacer el bien por el bien. Siempre en guardia, y custodiándose a sí propio con llaves seguras que solo él manejaba, no permitía nunca que la espontaneidad abriese su interior de hierro, ni menos que mano profana penetrase en él.

Ved aquí por qué no gozaba de simpatías, y los que le admiraban como el último modelo inglés de corte de personas, no le querían. Encontrábanle todos poco español, privado de las virtudes y de los defectos de la compleja raza peninsular. Habríanle querido menos reglamentado moralmente, menos exacto, y un poquitín perdido. Físicamente, era hermoso, pero sin expresión, de facciones a las cuales no se podía poner la menor tacha, rematadas por una corona negativa, es decir, por una calva precoz, lustrosa y limpia, que él consideraba como la más airosa tapadera de la seriedad británica. Su trato fuera de casa era delicado y fino, dentro de una elegante tibieza, y en la intimidad doméstica seco y autoritario, sin ninguna disonancia, pero también sin asomos de dulzura, como un preceptor o intendente, más que como padre y esposo. De la señora Marquesa, que no era más que el feminismo del carácter de su marido, poco hay que decir. La asimilación había llegado a ser tan perfecta, que pensaban y hablaban lo mismo, usando las propias locuciones familiares. Ambos se expresaban en inglés con notable soltura. Y la asimilación no paraba en esto, pues ocurría en aquel matrimonio joven lo que en algunos viejos, reducidos por larga convivencia a una sola persona con dos figuras distintas. El Marqués y la Marquesa se parecían físicamente; ¿qué digo se parecían? eran iguales, a pesar de señalarse ella por poco bonita y él por bastante guapo; iguales el mirar, el respirar, los movimientos musculares del rostro, el aire grave de la frente, el temblor imperceptible de las ventanillas de la nariz, la manera de llevar los quevedos, pues ambos eran miopes, la boca, la sonrisa de buena educación más que de bondad. Decía un guasón, amigo de la casa, que si uno de los dos se muriera, el superviviente sería viudo de sí mismo.

Vivían en la casa patrimonial de los Feramor, en una de las plazoletas irregulares próximas a San Justo, con vistas a la calle de Segovia y al Viaducto por la parte de Poniente; casa vetusta, pero que con los remiendos y distribuciones hechas por el Marqués no había quedado mal. La parte baja, agrandada y mejorada notablemente, se dividía en dos cuartos de renta, y se alquilaron, el uno para litografía, el otro para las oficinas de una Sacramental. El segundo, distribuido al principio en tres cuartos de alquiler, fue después anexionado a la casa para aposentar convenientemente a los niños mayores, a la institutriz y a parte de la servidumbre. En aquel piso escogió su habitación doña Catalina, no permitiendo que fuera amueblada con lujo, sino más bien como celda de convento, a lo cual se opusieron los Marqueses, enemigos declarados de toda exageración. La exageración les sacaba de quicio, y por tanto arreglaron la estancia modestamente, pero evitando la afectación de pobreza monástica.

Al mes de su regreso a Madrid, la triste viuda empezó a salir de aquel estupor doloroso en que había venido. Ya tomaba gusto a la vida de familia, rompía la melancólica solemnidad de su silencio, y se distraía algunos ratos en la sociedad inocente de sus sobrinitos, dándoles de comer, ayudando a la institutriz, o bien recreándoles con cuentecillos y juegos que no fueran ruidosos. Nunca bajaba al comedor grande a la hora oficial de comida. O se la servía en su cuarto, o con la familia menuda, en el comedor de arriba. Su vida era simplísima, y de una regularidad conventual: se levantaba al romper el día, oía misa en el Sacramento o en San Justo, volvía sobre las ocho, rezaba o leía haciendo labor de gancho, y el resto del día lo empleaba en repasar a los chiquillos la lección, volviendo de rato en rato a la misma tarea de la lectura, el gancho y el rezo. Su cuñada subía con frecuencia a darle conversación y distraerla; su hermano rara vez remontaba su seriedad al segundo piso, y cuando tenía algo de interés que comunicarle la llamaba a su despacho. Una mañana, después de preparar el discurso que había de pronunciar aquella tarde en el Senado, extrayendo mil y mil datos de revistas y periódicos que trataban de la monserga económica, habló largamente con su hermana de lo que se verá a continuación.

V

—Y yo te pregunto, querida hermana: ¿vas a estar así toda la vida? ¿No es ya bastante duelo? ¿No te hartas todavía de obscuridad, de silencio, de rezos monjiles y de ese quietismo, que al fin dará al traste con tu salud y hasta con tu vida?... ¿No respondes? Bueno. Conociendo tu terquedad, ese silencio me indica que aún tenemos melancolías y soledades para un rato. ¡Ah! Catalina, ¿por qué no eres como yo? ¿por qué no tienes un poco de sentido práctico, y das de mano a esas exageraciones? Ea, planteemos la cuestión en terreno despejado. ¿Piensas consagrar absolutamente tu vida a las devociones, a la religión, en una palabra?

—Sí —respondió la de Halma con lacónica firmeza.

—Bueno. Ya tenemos una afirmación, ya es algo, aunque sea un disparate. Vida religiosa: corriente. ¿Y tú lo has pensado bien? ¿No temes que venga el desaliento, el cambio de ideas cuando ya sea tarde para el remedio?

—No.

—Corriente. Una negación tan rotunda ya es algo. Adelante... Luego, tu determinación es irrevocable; luego, te sientes con fuerzas para afrontar esa vida, que yo soy el primero en alabar y enaltecer... esa vida, ¡ah! de la cual hallamos ejemplos tan hermosos en los tiempos pasados, pero que en los presentes... ¡ah!... Resumiendo: que te propones ingresar en alguna de las Órdenes existentes, y acabar tu vida en un claustro. Perfectamente; pero aquí entro yo, aquí entra tu hermano mayor, el jefe actual de la familia, el cual tiene la suerte de ver las cosas con gran claridad, y de plantear todas las cuestiones en el terreno positivo. Yo te pregunto: ¿es tu deseo pertenecer a alguna de las Órdenes claustradas y reclusas, o a estas modernas, a la francesa, que persiguen fines esencialmente prácticos y sociales? Te lo pregunto, querida hermana, no porque piense oponerme a tu resolución en ninguno de los dos casos, sino para fijar bien los términos de la cuestión, y puntualizar tus relaciones ulteriores con la familia bajo el punto de vista social y económico. Conviene tratar el tema de la dote, o sea de tu religiosidad bajo el aspecto de los intereses materiales... Porque si no fijamos bien... si no demarcamos bien...