Doña Catalina interrumpió con nerviosa impaciencia a su hermano, en el momento en que este acentuaba sus argumentaciones con los dos dedos índices sobre el filo de la elegantísima mesa de su despacho.
—No te canses en tratar este asunto como si fuera una discusión del Senado. Esto es sencillísimo; tanto, que yo sola puedo resolverlo sin consejo ni auxilio de nadie. Quédense tus sabidurías para cosas de más importancia. Yo tengo mis ideas...
Aquí la interrumpió él prontamente, apoderándose de la frase para comentarla con cierta acritud:
—Eso es lo que yo temo, señora hermana; y cuando te oigo decir: «Tengo mis ideas», me echo a temblar, porque los hechos me prueban que tus ideas no son de una perfecta congruencia con la realidad.
—Ello es que las tengo, querido hermano —dijo la Condesa de Halma con humildad—, y tú tienes las tuyas. Fácil es que no concuerden unas con otras. Pensamos, sentimos la vida de un modo muy distinto. Déjame a mí por mi camino, y sigue tú el tuyo. Quizás nos encontremos, quizás no. ¿Eso quién lo sabe? Cierto es que yo quiero hacer vida religiosa. No puedo decirte aún si entraré en las Órdenes antiguas, o en las modernas. Soy un poco lenta en mis resoluciones, y mis ideas han de madurar mucho para que yo me decida a ponerlas en práctica. Quizás te sorprenda con algún proyectillo que pase un poquito la línea de lo común. No sé. Cada cual tiene sus aspiraciones. Yo las tengo en mi esfera, como tú en la tuya.
—Ya, ya —dijo el Marqués encontrando un fácil motivo de argumentación humorística—. Mi señora hermana pica alto. La fuerza de su humildad le sugiere ideas que se parecen al orgullo como una gota a otra gota. No encuentra dignas de su ardor religioso las Órdenes consagradas por el tiempo, y aspira a eclipsar la gloria de las Teresas y Claras, fundando una nueva Regla monástica para su recreo particular... Y yo pregunto: ¿corresponderán las facultades intelectuales de mi querida hermana a la nobilísima aspiración de su alma generosa? Me permito dudarlo... No me niegues que has pensado en ello, Catalina, y que sueñas con la celebridad de fundadora. Te lo he conocido en lo que callas, conversando conmigo, más que en lo que dices. Te lo he conocido en ciertas reticencias sorprendidas en ti, cuando de soslayo tratamos alguna vez del empleo que pensabas dar a los restos de tu legítima. Y ahora, hermana mía, abordo nuevamente la cuestión de intereses, asaltado de una duda. Yo pregunto: ¿mi señora hermana, en el estado cerebral particularísimo que es producto infalible del misticismo, está en el caso de apreciar con exactitud la cuantía de su legítima, después de los suplidos de Oriente, que no hay para qué recordar ahora? Permítaseme dudarlo.
—Creo poder apreciarlo —dijo la de Halma con firmeza—; aunque, según tú, me falta el sentido de las cosas materiales.
—No es caprichosa esa opinión mía, pues la fundo en una triste experiencia. Por no haber sabido a tiempo amaestrar la imaginación, esta te desfigura los hechos, te agranda todo lo que pertenece al concepto ventajoso, y te empequeñece lo...
—¡Ay, no! —replicó la viuda con viveza—. ¿Piensas que la imaginación me empequeñece lo malo?... Di más bien lo contrario. Veo siempre considerablemente extendido todo aquello que me perjudica...
—Seguramente creerás que la parte de tu legítima que está en mi poder —dijo don Francisco de Paula con cierta conmiseración—, se eleva a una cifra fabulosa. Fuera de que la legítima era en sí bastante menor de lo que pudimos creer en vida de nuestro querido padre (que de Dios goce), hay que tener en cuenta que tu disparatado casamiento más ha sido para disminuirla que para aumentarla.