—Dejaremos esta cuestión para cuando sea más oportuno tratarla —dijo doña Catalina levantándose.
—Como quieras. Pero no te impacientes por subir a tu nido, y oye la observación que quiero hacerte respecto a tus proyectos de vida monástica. Siéntate un momento más, y bueno será que atiendas ahora, más que otras veces lo hiciste, a las sanas advertencias de tu hermano, que a falta de otra sabiduría, tiene la de presentar las cuestiones en su aspecto serio. No te censuro que te lances con ardor a la vida religiosa y santa. También eso, aunque con apariencias imaginativas, puede ser práctico, esencialmente práctico. Si tu conciencia, si tu corazón te impulsan por ese camino, síguelo, que tu carácter y los hábitos adquiridos no te permitirán quizás, o sin quizás, ir por otro. Mi aprobación en toda regla. Cuanto pertenezca al orden de la piedad, y a los supremos intereses espirituales, me tendrá siempre en favorable disposición. Pero concrétate a un papel puramente pasivo, pues no naciste tú para la iniciativa ni para la actividad, en su acepción más lata. Temo mucho a tus ambiciones de fundadora, y veo en peligro los reducidos intereses que constituyen tu legítima. Con ellos se te podría constituir una dote decorosa, y si me apuran, una dote espléndida. Pero si en vez de concretarte a ser humilde oveja, como piden tu carácter débil y, permíteme que lo diga, tus cortos alcances, te quieres meter a pastora, no tienes ni para empezar. ¡Ah! vivimos en un siglo en que no se pueden desmentir las leyes económicas, querida hermana; y el que no tenga en cuenta las leyes económicas, se estrellará en toda empresa que acometa, aun aquellas del orden espiritual. Así como no se puede hacer una tortilla sin romper huevos, no puede emprenderse cosa alguna sin capital. Hoy no se crean Órdenes o Congregaciones con el esfuerzo puro de la fe y del ejemplo edificante. Se necesita que el que funda, posea una fortuna que consagrar al servicio de Dios, o que encuentre protectores ricos y piadosos. Tú no los encontrarás para ese objeto, si piensas buscar apoyo en la familia. Los parientes próximos, puedo citártelos uno por uno, no están en disposición de consagrar a un negocio tan problemático como la salvación de las almas propias y ajenas sus apuradas rentas. De modo, que si te obstinas en llevar adelante un pensamiento demasiado ambicioso, no harás nada de provecho, y perderás en vanas tentativas lo poco que tienes. Nuestra época admite los arrebatos místicos, pero con la razón siempre por delante; admite la caridad en grado heroico, pero con capital a la espalda, capital para todo, hasta para allanarle a la humanidad los caminos del Cielo. Tú no posees ni ese capital encefálico que se llama razón, ni esa razón suprema de los actos colectivos, que se llama capital. Intenta algo que se salga de lo común, y verás como sale un despropósito. Siembra tu pobre iniciativa, y cogerás cosecha de tristes desengaños.
—¿Has concluido?... ¡Qué bien se explica el señor senador! —le dijo Catalina con gracejo—. ¿Y si te dijera que no me has convencido? Me reñirías un poquito más. ¿Y si al reñirme más, yo me permitiera el atrevimiento de no hacerte caso? Pero si no conoces mis ideas, ni mis planes, ¿para qué los criticas? Es una verdadera desdicha que seas tan parlamentario, porque a todo le das el giro de discusión de negocio grave, y te sale un debate político de cada dedo. Yo no discuto, ni critico, ni parlamenteo nada. Lo que pienso hacer lo haré si puedo, y si no, no. ¿Ya te estás curando en salud, creyendo que voy a pedirte algo que no sea mío? Respira tranquilo, hombre práctico, apóstol del dogma económico, y de las sacrosantas doctrinas del capital y la renta, y tal y qué sé yo. Niégame que existe un capital más eficaz que el que se forma con el dinero y la razón.
—A ver... ¿qué?
—La fe... No te rías...
—Si no me río. Pues estaría bueno que yo me riera de la fe... no, querida y respetada hermana... Debo poner punto por hoy en estas discusiones. Sé que no he de convencerte. Yo digo: «terquedad, tu nombre es Catalina de Halma...» Espero que otro será más afortunado que yo.
—¿Quién?
—Don Manuel... Nuestro buen amigo triunfará de tus manías.
En aquel punto entró en el despacho la Marquesa, que acababa de llegar de misa, y cogiendo al vuelo las últimas palabras, terció en el debate, repitiendo, como un eco de su marido:
—Don Manuel, don Manuel te convencerá.