—Nuestro don Manuel está mal —le dijo Halma, cerrando su libro y marcando la página con un dedo—. Tenemos que pedir a Dios con toda nuestra alma que nos conserve esa vida tan preciosa, tan necesaria. Hay que rezar, rezar sin tregua, Pepe, y tú también... Pero sin duda no sabes; lo has olvidado... Si yo quisiera enseñarte, ¿aprenderías tú?

—Tú conseguirás de mí cuanto quieras, y nada tengo por imposible si tú me lo mandas —replicó el joven con alegría—. Soy hechura tuya, soy un hombre nuevo, que has formado entre tus dedos, y luego me has dado vida y alma nuevas...

—Entre paréntesis, dime una cosa: ¿nos critican mucho por ahí?

—Horriblemente. Pero tu grande alma me ha enseñado lo que me parecía, más que difícil, imposible, despreciar esas infamias, y no castigarlas inmediatamente.

—Dios es nuestro juez, y nos acusa o nos absuelve, por medio de nuestra conciencia. Vete fijando en lo que te digo, y asegúralo en tu pensamiento. Eres un niño, y como a tal te instruyo.

—Y yo lo aprendo todo. No tendrás queja de mí. Pero yo quisiera, mi buena Halma, que me mandaras cosas difíciles, muy difíciles, para que probaras mi obediencia ciega.

—Por ejemplo, que te arrojes a un horno encendido, o que te tires por la ventana.

—No es eso, aunque también eso haría si me lo mandaras. Cosas difíciles digo, de las que ponen a prueba la voluntad de un hombre. Mientras tú no me mandes eso, y yo te obedezca, no me creo digno de lo que estás haciendo por mí. Tú eres extraordinaria, increíble, inverosímil. Mi amor propio se pica, y también quiero salirme un poquitín de lo común.

—Descuida, que todo se andará. Como inverosímil, tú, que desde que empezamos a curar tu alma con una medicina de que todo el mundo se burlaba, te has desmentido a ti mismo. Hasta ahora parece que voy triunfando, y que mi extravagancia llevaba y lleva en sí algo de eficacia divina. Pero aún falta mucho, José Antonio, y si te cansas en lo peor del camino, me dejarás mal.

—No me cansaré. Voy contigo al fin del mundo, ya me lleves tirando de mí por un fino hilo de seda, ya por un dogal muy fuerte. Tira sin miedo, que no haré nada por soltarme.