—Te advierto que aunque te sueltes, aunque al tirar de la cuerda me hieras y lastimes, no me arrepentiré de lo hecho.
—Porque tú eres... no diré una santa, ni un ángel, expresiones vagas que han desacreditado los poetas y los predicadores..., sino una mujer superior a cuantas andan por el mundo, la mejor, la única, el femenino en grado sublime.
—Eh... basta. Ahí tienes otra maña que he de quitarte, la lisonja.
A los motivos de gratitud que subyugaban al parásito corregido haciéndole esclavo sumiso de la Condesa de Halma, habíase añadido últimamente uno, que era sin duda el más fuerte eslabón de su cadena. A la penetración de la reformadora no podían ocultarse las recónditas miserias y envilecimientos de la vida de Urrea, úlceras morales que por su calidad indecorosa no podían ser mostradas. Pero la sagaz doctora las conocía, por inducción, y creyendo, en conciencia, que para la completa cura había que atacar aquel secreto desorden, antes que corrompiera la parte del ser que iba paulatinamente sanando, incitó al enfermo, en buena ley de moral médica, a la confesión o sinceridad más radicales. Él se resistía, creyendo que cuanto a tal asunto se refiriese no podía ni siquiera mentarse en presencia de la santa y pura señora, como no es lícito decir en la iglesia palabras indecentes, ni fumar, ni cubrirse. Pero ella, valerosa y serena, como Santa Isabel de Turingia poniendo sus manos en la cabeza de los tiñosos, le abrió camino para la explicación que deseaba, rompiendo el secreto en esta forma:
—No es menester ser zahorí, querido Pepe, para saber que en tu vida de pobreza vergonzante, angustiada y vil, ha de haber, además de los sapos que ya hemos sacado del fango, culebras que necesitamos extraer para sanarte por entero. Es inútil que me lo niegues. ¡Ah, tonto, como se ven los gusanos que se alimentan de la putrefacción, veo en derredor tuyo enjambre de mujeres, a quienes solo llamaré desgraciadas, porque no hay mayor desdicha que perder el pudor!
—Es cierto. ¿Cómo negarte nada, si tú lo sabes todo?
—Tienes que limpiarte de esa podredumbre, Pepe, pues de lo contrario, estás expuesto a corromperte de nuevo el mejor día.
—Sí, sí.
—Pero pronto, pronto. Adivino que esto no es fácil, y que para romper con todo ese pasado vergonzoso hay obstáculos materiales. Confiésamelo, dímelo todo, ten conmigo la franqueza que tendrías con un camarada de tu sexo. La vida humana ofrece tantas anomalías, que aun para librarse de la ruina se necesita tener dinero, y que del mismo vicio no puede huirse sin mostrarse con él caballeresco y dadivoso.
—Es verdad. Eres la ciencia humana y divina —replicó Urrea con viva emoción.