—Más claro: para cortar tus lazos viles con esa infeliz gente, necesitas dinero. Al hacer la cuenta de tus ahogos y de los compromisos que amargaban tu vida, has ocultado esta por delicadeza, por respeto hacia mí. ¿No es verdad?
—Sí.
—Quizás te encuentras obligado y sujeto por favores recibidos.
—Sí.
—Quizás has contraído deudas... en común. No te apures. Hablaremos de esto lo menos posible, para ahorrarte la vergüenza que el caso entraña. Prométeme cortar en absoluto y para siempre, con propósito de no reincidir, esas relaciones infames, y yo te doy el dinero que necesites para tu completa liberación. Así, así, las cosas se dicen clarito, y se hacen con valor.
—¡Oh, Halma! —exclamó anonadado el calavera, arrodillándose ante su prima, e intentando besarle las manos—. Si no te digo que te tengo por criatura sobrenatural, no expreso todo lo que siento.
—Levántate. Hoy mismo te ocuparás de eso. Dímelo todo: no ocultes nada. Mañana liquidas tus deudas de ignominia. Si sintieras duda, o escrúpulo, porque hubiese algún lazo dificilillo de cortar, aun con tijeras de oro, vienes y me lo cuentas, y yo te daré ánimos, razones... y veremos de arreglarlo.
Alentado por tan poderoso estímulo, Urrea cortó relaciones indecorosas, algunas que le estorbaban horrorosamente, llenando su alma de hastío; otras que, si afectaban algo a su corazón, no tenían raíces tan hondas que no pudieran arrancarse con mediano esfuerzo. ¡Y qué libre, qué ancho, qué desahogado se sintió después! ¡Con qué placer veía las caras bonitas y risueñas perderse en la bruma que precede a las tinieblas del olvido! Uno solo de los tirones que tuvo que dar le produjo dolor. Pero acordándose de su prima, lo sufrió valeroso, y aun lo hubiera resistido con heroísmo si fuera de los hondos y lacerantes. Pero ello se redujo a un poquitín de pena o desconsuelo, y dos días bastaron para que la mundana figura que motivaba aquel estado psíquico, se desvaneciera también con las otras en una neblina de indiferencia. Al terminar esto, la Condesa de Halma tomó ante su aplacado espíritu proporciones enteramente divinas. Lo que sintió Urrea no podía compararse sino al júbilo inenarrable del náufrago que pisa tierra después de angustiosa lucha con las olas. Le salvaba aquella luz, faro, o estrella del mar, y ante ella hacía la ofrenda de su vida futura.
No satisfecho con informarse por la noche del estado de don Manuel Flórez, José Antonio iba también por las mañanas. Comúnmente entre nueve y diez, Catalina había vuelto de misa, y estaba barriendo y limpiando la sala y gabinete, mientras el ama y sobrina atendían al enfermo. Cubría la Condesa su talle con un mandil de Constantina, y manejaba la escoba con rara habilidad. ¡Quién había de decirlo, viendo aquellas manos aristocráticas, finas, blancas como azucenas, de forma bonitísima, largos, gordezuelos y puntiagudos los dedos, verdaderas manos de Santa Isabel de Murillo, que ni en las cabezas plagadas de miseria perdían su virginal pureza y pulcritud! Urrea no se atrevió a pedirle permiso para besarle las manos, por no profanarlas con su labio pecador. No merecía tan grande honra. Verdaderamente aquellos dedos que cogían la escoba eran dignos de tomar la hostia consagrada.
—¿Y don Manuel, cómo sigue?