—Mal. La noche ha sido intranquila. No ha podido dormir, sufría mucho de la cabeza. No ha desvariado, antes bien, habla como un santo que es. Hoy se le administra el Santo Sacramento. Prepárase a recibirlo con unción y alegría. ¿Sabes en qué conozco que nuestro buen don Manuel se nos muere? En que su alma es toda candor. Piensa y habla como un niño. Tanta simplicidad demuestra que su alma se ha despojado de todo lo terreno. ¡Qué hermosura morir así! Aprende, primo mío, aprende, y para que mueras como un justo, vive en la justicia y la verdad.

—Yo vivo donde tú me mandes —dijo el parásito apartándose para no estorbarle en su barrido—. Donde me pongas allí me estaré. Y ahora, déjame que te pregunte una cosa. Dicen en tu casa que te vas a vivir a Pedralba.

—Eso había determinado; pero la falta de este incomparable amigo perturba mis planes, y aún no sé lo que haré.

—¡Y yo me quedo aquí! —observó Urrea con pena—. Yo aquí solo. Verdad que no estamos lejos, y puedo ir a verte con frecuencia. Pero no sé si tú lo consentirás. Debo seguir en Madrid para evitarte disgustos, para que no se ceben en ti la envidia y la malignidad.

—Esa razón no es razón. Ya sabes que no me afectan los dichos de la gente frívola y vana. La calumnia misma, que a otros aterra, puede venir a mí y acometerme y destrozarme. De sus ataques saldré más fuerte de lo que soy. Es la forma civilizada del martirio, ahora que no tenemos Dioclecianos que persigan el Cristianismo, ni sectarios furibundos que corten cabezas de creyentes... Pero si la calumnia no es motivo para que aquí te quedes —añadió, dejando la escoba, y poniendo los muebles en su sitio, después de restregarles la madera con un paño, tarea en que gustosamente le ayudó su protegido—, en Madrid continuarás solito, por razón de tus trabajos. No olvides la segunda parte de nuestro convenio. Has de hacerte un hombre útil que viva honradamente, sin depender de nadie.

—Sí, sí. Yo realizaré tu hermosa idea. Eres como una madre para mí, y debo venerarte, porgue me das el ser.

—Y debo creer que este hijo mío es ya crecidito, con fuerza suficiente para no necesitar andadores, y juicio para gobernarse por sí solo.

—Así será, si tú lo quieres. ¿Y ahora qué me mandas? ¿Me retiro?

—Sí, tenemos mucho que hacer. Luego hemos de preparar la casa y adornarla para recibir al Divino Visitante, que hoy tendremos aquí. Márchate y vuelve esta tarde a la hora del Viático. No quiero que faltes.

—No faltaré —dijo Urrea, y besando la orla del delantal grosero que ceñía el cuerpo de la noble dama, se retiró triste... ¡Partir Halma, quedarse él! ¡Enorme consumo de voluntad exigiría esta separación del hijo y la madre, del discípulo aún muy tierno y la santa y fuerte maestra!