VII
No faltó aquel día el Marqués de Feramor, que solo cruzó con su hermana palabras secas. En su atildado lenguaje inglés, parlamentario y económico, dijo que los hombres temen la muerte como temen los niños entrar en un cuarto obscuro. Esto lo había escrito Bacon, y él lo repetía, añadiendo que las penas que ocasiona la pérdida de seres queridos, tienen el límite puesto por la Naturaleza a todas las cosas. El mundo, la colectividad, sobreviven a las mayores desdichas personales y públicas. No debemos entregarnos al dolor, ni ver en él un amigo, sino un visitante importuno, a quien hay que negar todo agasajo para que se despida lo más pronto posible.
La ceremonia religiosa fue hermosa y patética, acudiendo un gran gentío eclesiástico y seglar, de lo más distinguido que en una y otra esfera contiene Madrid. Recibió el enfermo el pan eucarístico con cristiana unción y mansedumbre, mostrando gratitud inefable al Dios que penetraba en su humilde morada, y se mantuvo tan sereno y dueño de sí mientras duró el acto, que parecía repuesto de su grave mal. Después habló con entusiasmo a sus amigos del gozo que sentía, y de las esperanzas que la santa comunión despertaba en su alma.
Por la noche, tras un ratito de tranquilo sueño, llamó al ama y sobrina, y les dijo:
—Ya sé que está en casa la señora Condesa, y en verdad no sé por qué se oculta. Su presencia es gran consuelo para mí. Que entre, pues a las tres tengo algo que decirles.
Besó Catalina la mano del sacerdote y se sentó junto al lecho, quedando las otras en pie:
—De veras os digo que estoy tranquilo. Me prosterné ante mi Dios, y llorando amargamente, le ofrecí la confesión de toda mi vida pasada, la cual, por mi incuria, por mi egoísmo, por mi insubstancialidad, no ha sido muy meritoria que digamos. Lo que poseo es para vosotras, Constantina y Asunción: ya lo sabéis. Atended a vuestras necesidades, reduciéndolas a la medida de una santa modestia, y lo demás empleadlo en servicio de Dios; socorred a cuantos menesterosos estén a vuestro alcance, sin reparar si lo merecen o no. Todo necesitado merece dejar de serlo. Y a usted, señora Condesa de Halma, nada le digo, porque a quien es más que yo y vale más que yo, y me gana en saber de lo espiritual y lo temporal, ¿qué ha de decirle este pobre moribundo? He concluido con toda vanidad, y tan solo le ruego que encomiende a Dios a su buen amigo. El que a mí me ha iluminado no está presente; si lo estuviera, yo le diría: compañero pastor, quisiera cambiar por tu cayado robusto el mío, que no es más que una caña adornada de marfil y oro. Tú pastoreas, yo no; tú haces, yo figuro...
Siguió murmurando en voz baja expresiones que las tres mujeres no entendían. No cesaban de recomendarle el silencio y la tranquilidad. Poco después rezaban los cuatro, llevando la de Halma el rosario. Antes de terminar, el enfermo pareció aletargarse. Quedó Asunción de guardia, y Constantina y la Condesa salieron de puntillas.
Tenían de guardia en el recibimiento a la chiquilla de la portera, para que abriese al sentir pasos de visitas, precaución indispensable por haber sido quitada la campanilla. A poco de salir de la alcoba, el ama dijo a la Condesa:
—Ha entrado una mujer que quiere hablar con la señora. Debe de ser una pobre... de estas que acosan y marean con sus petitorios. Yo que vuesencia, le daría medio panecillo y la pondría en la calle, porque si nos corremos demasiado en la limosna, esto será el mesón del tío Alegría, y nos volverán locas. Trae una niña de la mano, y me da olor a trapisonda, quiero decir, a sablazo de los que van al hueso. Con que póngase en guardia la señora Condesa, que en eso de dar o no dar con tino está el toque, como dice nuestro pobrecito don Manuel, de la verdadera caridad.