—Dígole, señor, que mejorando lo presente, así es. ¿Sabe lo que se cuenta en el pueblo?

—¿Qué, hombre, qué?

—Que la doña Catalina es reina, sí señor, una reina o emperadora de los extranjis de allá muy lejos, y que hubo una rigolución por donde la echaron del trono, y el Papa Santísimo la mandó acá en son de penitencia. Eso dicen: yo no sé.

—Patrañas. Pero en fin, ¿podré ir a caballo a Pedralba?

—Como decírselo a lo seguro, no puedo, señor. Llegará y veralo. Para caballerías, el cura.

—Don Remigio Díaz, ¿no es eso? Le conozco de nombre, y por la fama de su mérito. ¿Y el señor párroco podría facilitarme...?

—Como tenerlo, lo tiene: jaca, y por más señas, una burra hermana de este... Y si el señor va cansado y quiere montarse un poco...

Sin esperar respuesta, el bondadoso campesino se desmontó, ofreciendo su rucio al caballero. No vaciló Urrea en aceptarlo, más que por cansancio, por no desairar tan gallarda atención. Llevando su cabalgadura al paso del dueño de ella, siguió José Antonio pidiéndole informes de los habitantes de Pedralba.

—Y esa que ustedes creen reina, vendría en una carroza magnífica, escoltada de lacayos y servidores.

—No señor... ¡Qué risa! Vino en carromato. Parece que ha hecho voto de vivir a lo pobre mientras no le devuelvan el reino que le quitaron. Primero llegó el carromato con muebles, baúles de ropa fina, y cosas para el lavatorio de las señoras principales. Un espejo trajeron de más de una vara, y otros muchos arrequisitos de palacios reales. Después volvió el carro trayendo a la señora, vestidita de negro, como la Virgen de la Soledad.