—Y esos locos que aloja consigo llegaron antes, según creo.

—Sí señor. Los trajo Cecilio, y por ahí andan sueltos. Dicen que uno es cura trajinante, y otro el primer músico de la capilla de los palacios mostrencos de Inglaterra. De una de las mujeres se dice que es loca médica, y que cura todas las enfermedades de flato con solo mirar, y la otra parece que es la mejor mano para salar guarros que la señora tenía en su reino.

—Vaya —dijo Urrea parando y descendiendo del borrico—. Ya he descansado. Muchas gracias, y vuelva usted a montarse, que si no me equivoco, ya estamos cerca, y aquellas casas que allí se ven son las primeras del pueblo.

—A fe que sí. Ya llegamos —dijo el labriego, mirando hacia un grupo de gente que por entre unos árboles, a mano derecha del camino real, a este se aproximaba—. Señor, señor... ahí tiene a don Remigio, nuestro peine de cura... digo peine porque sabe más que Merlín. Véalo: viene hacia acá, y le mira a usted mucho.

Urrea vio que hacia él se llegaba, destacándose presuroso del grupo, un clérigo joven, vivaracho, con el balandrán colgado de los hombros, gorro de terciopelo negro, bastón nudoso. Descubriose el madrileño para saludarle, y el curita le preguntó con extraordinaria viveza si era don José Antonio de Urrea.

—Servidor de usted, señor cura.

—¡Alto! Dese usted preso —dijo el párroco en un tono que reunía el humorismo y la buena crianza—. Nada, nada, que se viene usted conmigo a la prevención, señor de Urrea, donde le tengo apercibida una modesta cama para que descanse, cena frugal, y una yegua para que le lleve a Pedralba.

—Señor cura, ¡cuánta bondad! Pero permítame usted que me asombre de esa previsión que parece sobrenatural. Yo no he anunciado mi viaje...

—Pero lo que usted no anuncia, porque se ha venido acá como un colegial escapado, otros lo adivinan.

—No entiendo.