—La señora Condesa me dijo ayer: «He dejado en Madrid a un loquinario de primo mío, con órdenes terminantes de no moverse de allí, para que no desatienda las obligaciones que le he impuesto. Pero le conozco y se cansará, y querrá venir a verme, con pretexto de recibir nuevas órdenes. De hoy o mañana no pasa. Cuando recale por San Agustín, señor don Remigio, hágame el favor de atenderle, darle hospitalidad si llega de noche, y facilitarle una modesta caballería para que venga a Pedralba.»

—Estoy encantado, señor cura —dijo Urrea loco de alegría—. Esto parece un sueño, un cuento de hadas..., y usted el genio protector, y yo... no sé qué parezco yo, el más feliz de los hombres..., y en este momento el más agradecido de los viajeros.

II

Dirigiéronse hacia la casa rectoral, escoltados por los que de paseo venían con don Remigio, y este hizo el gasto de conversación por el camino, dedicando un sentido recuerdo a la memoria del santo don Manuel Flórez, y condoliendose de lo triste y solo que con tal desgracia se habría quedado el tío Modesto. En la puerta se despidieron afectuosamente los acompañantes, y don Remigio y su improvisado amigo entraron.

—¡Valeriana, Valeriana! —gritó el curita desde la puerta, y habiendo comparecido una mujer gruesa y tan entrada en años como en carnes, le dijo—: Este es el caballero que esperábamos, o que creíamos ver llegar de Madrid hoy, mañana o pasado. Cenaremos pronto, Valeriana, que el señor, diga lo que quiera, trae un apetito muy regular. ¿Verdad que sí?

Dio las gracias Urrea cortésmente, añadiendo con cierta timidez que su deseo era llegar pronto a Pedralba...

—Tenga usted calma... y váyase convenciendo de que está secuestrado —le dijo el clérigo con ese humorismo hospitalario que suelen emplear los ricos de pueblo—. ¿Creía usted que yo le iba a soltar tan pronto? Está fresco el señor de Urrea. Mire usted: ya es de noche, y no tenemos luna; el camino de aquí a Pedralba es muy malo para ir a pie, y a caballo no puede ser, porque hoy el chico del alcalde me llevó la jaca a Torrelaguna, y esta es la hora que no ha vuelto. Conque resígnese, y mañana con la fresca saldrá usted, acompañado de este cura, que también tiene que visitar a la señora Condesa.

¿Qué remedio tenía el impaciente viajero más que conformarse con la voluntad de Dios, representado en aquella ocasión por el bondadoso y vivaracho don Remigio? Entraron en una sala espaciosa, lugareña, clerical, de paredes blancas, descubiertas las añosas vigas del techo, limpia, oliendo a iglesia y a pajar, con diversos objetos religiosos de adorno, enfundados en tul color de rosa para defenderlos de las moscas. Trajo una lámpara la niña del ama, pues era ya casi de noche, y don Remigio hizo sentar a su huésped en el largo sofá de Vitoria con colchoneta de percal rojo rameado, ocupando él un sillón verde, cubierto en brazos y respaldo por estrellas de crochet. Frente a frente los dos, pudo Urrea observar la fisonomía del buen curita, el cual era hombre como de treinta y cinco años, de poquísimas carnes, mediana estatura, con la cabeza y manos siempre en movimiento, pues no hablaba con ellas menos que con la voz. En su rostro descollaba una nariz pequeña, picuda y roja, en cuyo caballete se apoyaba malamente la montura de las gafas, y quedando entre estas y los ojos mayor espacio del conveniente, tan pronto bajaba el hombre la cabeza para mirar por encima de los vidrios, como la alzaba para mirar por ellos. La pequeñez de la nariz le obligaba a llevarse la mano a las gafas tres o cuatro veces por minuto, no porque se cayeran, sino porque entre mano, nariz y anteojos había esta instintiva señal de inteligencia. Todo el rostro era un poquito encendido de color, y las orejas más, y su mirada revelaba agudeza, penetración, y un natural bondadoso y tolerante. Urrea encontró en don Remigio extraordinaria semejanza, salva la edad, con la fisonomía expresiva, inolvidable, de don Juan Eugenio Hartzenbusch. Y en el curso de la conversación, entrando ya en confianza, se aventuró a decírselo. Echose a reír don Remigio, y le contestó:

—Otros han hecho la misma observación. Indudablemente me parezco al ilustre poeta, al gran erudito y académico, honra y prez de las letras españolas. Es un triste honor para mí, porque el parecido del rostro patentiza más la desemejanza intelectual entre hombres de tan relevante mérito y esta modestísima personalidad.

—¡Oh! no se achique usted, amigo mío —le dijo Urrea, saliendo al encuentro de aquella modestia, un poquito afectada—. Ya sabemos, ya sabemos lo que usted vale...