—¡Por Dios, señor de Urrea!... Y aunque algo valiera un hombre, más por el estudio que por dotes naturales, ¿de qué le sirve en este rincón del mundo, en este destierro...?
Con la presteza del pájaro que salta de un palito a otro en la estrechez de su jaula, saltaba don Remigio de un asunto a otro en la conversación.
—¿Pero no sabe, señor de Urrea? —dijo levantándose del sillón para sentarse en el sofá—. ¿No sabe a quién tengo de huésped desde hace dos días? ¡Qué sorpresa le voy a dar! ¿No adivina?
—No señor.
—Pues al mismísimo padre Nazarín.
Urrea saltó de su asiento, y lo mismo hizo don Remigio, que al levantarse, impuso silencio a su huésped, diciéndole en voz baja:
—Vamos a verle y observarle sin que él se entere. Venga usted conmigo.
Llevole por un pasillo de recodos, al extremo del cual había una puerta de cuarterones, pequeña y fuerte. La claridad de la cocina, que en uno de los huecos de la izquierda se denunciaba con picantes olores, permitíales recorrer sin tropiezo aquella parte de la casa, que por su irregularidad era un modelo de arquitectura villanesca. Antes de llegar a la puerta, que a Urrea le pareció desde el primer momento misteriosa, don Remigio secreteó algunas explicaciones en el oído de su huésped.
—En este cuarto, que mi antecesor destinó a la cría de palomas, he instalado yo mi modestísima biblioteca. Aquí tengo a mi hombre. Por esta mirilla, que hay en la tabla, fíjese bien, como del vuelo de un duro, puede usted verle...
El débil rayo de luz que salía por la mirilla guió a José Antonio, que, aplicando los ojos, vio una estancia, cuya capacidad no pudo apreciar, y en el centro de ella, junto a una mesa, frente a la puerta sentado, un hombre... La luz de un candilón de dos mecheros, de los que ya son arqueológicos, le iluminaba la cara, que al pronto el observador no reconoció. Era un clérigo, vestido exactamente como don Remigio, con gorro de terciopelo y sotana. Hojeaba un grueso librote, y después de fijar su atención y su dedo índice en una página, escribía rápidamente en cuartillas colocadas sobre el mismo libro.