—Pero no es... —murmuró el forastero apartando su rostro de la mirilla.
Díjole el cura que se fijase bien, y en efecto, después de mucho mirar, José Antonio reconoció y diputó al clérigo de la biblioteca por el padre Nazarín en persona.
Cogiéndole de un brazo, don Remigio volvió a conducir a su huésped a la sala, para poder hablar con libertad, y antes de llegar a ella le dijo:
—Claro, ha tardado usted en reconocerle, porque se lo figuraba como le conoció en Madrid, con barba, y el traje de mendigo seglar. Así nos le trajo aquí doña Catalina. Con franqueza, yo tenía curiosidad vivísima de ver a este hombre, porque conozco el libro que de sus inauditas aventuras cristianas anda por ahí, he leído también en la prensa mil informaciones acerca del proceso, y así, en cuanto supe que había llegado el tal, me planté en Pedralba con mi amigo Láinez, el médico del pueblo. ¡Figúrese usted nuestro asombro, señor de Urrea, cuando le hablamos, y advertimos en él discernimiento claro, serenidad pasmosa, y una mansedumbre evangélica, de la cual creo que no hay otro ejemplo! Claro que a pesar de estas señales, la locura existe. Algo tiene el agua cuando la bendicen, y por algo los señores facultativos y la Audiencia le han declarado irresponsable de las extravagancias que constan en el proceso. Pero a pesar de todo, señor de Urrea, este hombre ha llegado a interesarme, le he tomado cariño en los pocos días que ha que nos tratamos, y... qué sé yo, no le tengo por cosa perdida, ni mucho menos. La piedad angelical de la señora Condesa y nuestra modesta cooperación, triunfarán de la malicia que se ha infiltrado invisible en el cerebro de este buen señor, y le devolveremos sano y equilibrado a la Iglesia militante, en la cual, o mucho me engaño, o puede ser un elemento, sí señor, un elemento de grandísima valía.
—Pero esta transformación...
—A eso voy. Con mil artificios traté yo, en mis primeras visitas a Pedralba, de despertar en él la soberbia, y no lo pude conseguir, no señor. Creíamos todos que se quejaría de los que en una u otra forma le han traído a mal traer de algunos meses acá. Nada de eso. Ni contra la curia, ni contra la prensa, ni contra nadie ha pronunciado la más leve recriminación, ni tiene por cruel o injusto lo que con él se ha hecho. Esto es muy raro, ¿verdad? Láinez me decía: «Es muy extraño que no observemos en él ni el menor destello de delirio persecutorio, que es uno de los síntomas primordiales...» Si delirio es el amar sin restricción alguna, y ponderar y encarecer como mercedes los ultrajes que ha recibido, ahí puede estar el principio de la desorganización cerebral. Le digo a usted que este caso nos tiene pasmados.
—Realmente...
—Pues verá usted. Por buscarle las vueltas, le digo: «Padre Nazarín, gran violencia será para usted no poder salir ahora descalzo y harapiento por los caminos.» Contestación: «Para mí, señor don Remigio, no es violencia ningún estado que se me imponga por quien debe y puede hacerlo. Pedí limosna cuando creí que debía vivir como los más desdichados y menesterosos. Dios, en mi corazón, me ordenaba hacerlo así, y ninguna ley humana me lo prohibía. Pero al mismo tiempo que la pobreza, o antes quizás, Dios me ordena la obediencia. Yo vagaba en libertad. La ley humana me cortó el paso, y me mandó que la siguiera. Obedecí. Sometime sin réplica a cuanto de mí quisieron hacer. Contesté con verdad a cuanto me preguntaron. Conforme me hallaba de antemano con la sentencia que contra mí se pronunciara, fuera la que fuese. Determinaron que soy un enfermo. Diéronme a escoger, para mi reposo, entre un asilo y la morada patriarcal y campestre de la señora Condesa de Halma, y preferí esto. Aquí me tienen dispuesto, hoy como ayer, a la suma obediencia. La señora doña Catalina, y usted, señor cura, por delegación de la ley eclesiástica, que ahora sustituye a la civil en mi castigo, enmienda o curación, pues de todo habrá en ello, son los dueños de mis acciones y de mi vida. No soy libre, ni quiero serlo, si los que saben más que yo deciden que no debe dárseme libertad.»
—Es extraño, sí...
—Pues verá usted. Digo yo: «Amigo Nazarín, si la señora Condesa lo consiente, ¿se decide usted a venirse conmigo unos días a mi modesta casa de San Agustín?» Contestación: «Yo no decido nada. Voy a donde me lleven.»