—Como el loro del cuento.

—Exactamente. Con licencia de la señora, me le traje aquí, y por el camino se me ocurrió tantearle en teología. Un asombro, señor de Urrea. Se expresa con sencillez, sin énfasis doctoral ni literario, y tan fuerte está el hombre, que por más que quise no pude cogerle en tanto así de falsedad lógica o desliz herético. En sus opiniones, ni el menor asomo de demencia, mi señor de Urrea, de donde yo deduzco, y en ello conviene conmigo el amigo Láinez, que el desvarío, si existe, no radica en la parte de los espacios cerebrales que sirve como de vehículo a las ideas, sino en aquella otra por donde pasa todo este torrente de las acciones, de la conducta, señor de Urrea. ¿Es esto claro?

—Sí. Pero la transformación personal...

—A eso voy.

(El ama anunció que estaba dispuesta la cena.)

—Ya vamos. Pues cuando llegó aquí, le digo: «Si es verdad que yo mando y usted obedece, amigo Nazarín, ahora mismo se va usted a afeitar, y a vestirse con mi ropa.» Pues tan conforme. Yo mismo le afeité. Fue una risa... Y mi modesta ropa y mi calzado, señor de Urrea, le vienen como hechos a la medida. Cuando se lo ponía, le digo: «¡Cómo extrañará usted la sujeción de esta ropa civilizada, hecho ya el cuerpo a su pergenio salvaje, y bíblico, según los periodistas!» ¡Vaya que llamar bíblico...! ¿Pues qué cree usted que me contestó?

—(Señor cura —vino a decir el ama—, que la cena se enfría.)

—Contestaría que el hábito no hace al monje.

—Vamos al instante... Y que él no ha fijado nunca la atención en las diferencias entre estos y los otros vestidos. Dijo más... Señor de Urrea, pasemos a mi modesto comedor... Palabras textuales: «El vestido que usted llama salvaje, señor don Remigio, no lo tenía yo por indecoroso en mi vida errante y entre gente pobrísima. Pero esto no quiere decir que lo prefiera yo sistemáticamente a todos los demás estilos y maneras de cubrir el cuerpo, porque sería afectación, y la afectación, gracias a Dios, no cabe en mí.»

—Lo mismo nos dijo un día en el Hospital, cuando los periodistas y otras muchas personas que íbamos a verle, nos permitíamos interrogarle... Palabras textuales: «Vean en mí cuanto quieran, señores míos; pero la afectación, por más que miren, no la verán jamás.»