—Luego —dijo Urrea con entrañable gozo—, convienen ustedes conmigo en que mi prima es una excepción humana, un ser en el cual se revelan los caracteres de la inspiración divina.
—Sí señor, convenimos en ello.
—Y el buen curita peregrino, ¿qué dice?
—¿Qué he de decir yo? —contestó modestamente don Nazario, no queriendo expresar nada que resultara superior a lo dicho por su generoso compañero—, ¿qué he de decir yo después del panegírico elocuentísimo que acaba de hacer el señor cura? Mi palabra es torpe. Permítanme que diga tan solo: ¡Bendita sea de Dios eternamente, la grande, la santa Condesa de Halma!
—Amén —dijo don Remigio entornando los ojos, y acariciando el vaso de vino.
A Urrea le faltaba poco para echarse a llorar.
—Y es decisiva —añadió el cura— la resolución de la señora Condesa de pasar en Pedralba el resto de sus días. ¡Qué bendición para estos olvidados y pobres lugares! Me ha dicho el otro día que en Pedralba labrará su sepulcro y el de sus compañeros que no la abandonen. ¡Ah! yo leo en aquella grande alma el amor de Dios en el grado más ardoroso y puro, el amor de la Naturaleza, el amor del prójimo, y veo en el plan de vida de la señora una síntesis admirable de estos tres amores.
—Mi prima ha sufrido mucho —dijo Urrea, a quien el entusiasmo ponía un nudo en la garganta—, ha pasado horrorosas humillaciones y amarguras. Perdió a su esposo, que era su grande amor, el consuelo único de su vida. En Madrid, como en Oriente, la vida no tenía para ella más que espinas, tristezas, dolores. Su familia, sus hermanos, no supieron poner un calmante en las heridas de su alma. La empujaban hacia el ascetismo, hacia el destierro y la soledad. Mi prima empezó por mirar con prevención la vida social, y acabó por detestarla. Todo ese conjunto de artificios que componen la civilización le es odioso. La tierra está para ella vacía: quiere el cielo.
—Y lo tendrá —dijo don Remigio con tanta seguridad como si se sintiera casero y administrador de los espacios infinitos—. Tendrá el cielo. ¿Pues para quién es el cielo más que para esos seres escogidos, para esas voluntades robustas, para las almas que no saben mirar más que al bien? Según he podido comprender, amigo Urrea, la señora Condesa ha roto todo lazo con el mundo, o sea la clase a que pertenece. Y es más: todo afecto mundano ha muerto en ella, para poder ocupar entero el espacio del querer con la adoración ferviente de las cosas divinas.
—Así es sin duda —dijo Urrea—, y su sociedad con los pobres, a quienes tratará como iguales, elevándoles un poquito, y rebajándose ella otro tanto, resultará una comunidad dichosa, pacífica, feliz. ¿No piensa lo mismo el buen Nazarín?