—Pienso, señor don José Antonio, que ser el último de los protegidos, o de los asilados, el último de los hijos, si se me permite decirlo así, de la señora Condesa de Halma, constituye la mayor gloria a que puede aspirar un ser humano, sobre todo si es un triste, un solitario, un náufrago de las tempestades del mundo.

Tan contento estaba Urrea, que al concluir la cena les abrazó a los dos. Acostáronse todos, porque había que madrugar. Dicen las crónicas que el huésped no pudo dormir bien, primero, porque las limpias sábanas, impregnadas también del olor de paja, eran algo piconas; segundo, porque sus ideas se le insubordinaron aquella noche, y la admiración del ascetismo de su prima le encendía llamaradas en el cerebro. Más que mujer, Halma era una diosa, un ángel femenino, y al pensarlo así, su ferviente admirador no pasaba por que los ángeles carecieran de sexo: era lo femenino santo, glorioso y paradisíaco. Por entre estas imaginaciones asomaban de vez en cuando la figura austera de Nazarín, semejante a un retrato del Greco, y el vivaracho rostro de don Juan Eugenio Hartzenbusch, transmutado físicamente en don Remigio Díaz de la Robla, párroco de San Agustín.

El mismo cura le llamó al amanecer dando golpes en la puerta, y gritándole desde fuera:

—Arriba, compañero, que tenemos que decir misa y desayunarnos antes de partir.

Levantose el huésped a escape, y cuando llegó a la iglesia, ya había salido al altar don Remigio. Nazarín oía la misa de rodillas en el presbiterio.

Media hora después, ya estaban todos en la rectoral, desayunándose con chocolate, bizcochos y pan de picos, reforzado por fresquísimo requesón de la Sierra. Varios amigos acudieron a despedirles, entre ellos el médico don Alberto Láinez, y el alcalde, don Dámaso Moreno.

—Usted, señor de Urrea, que sin duda es buen jinete —propuso don Remigio con extraordinaria movilidad en manos, nariz, ojos y gafas—, irá en el caballo de Láinez, bestia de mucha sangre, aunque segura para quien la sepa manejar; yo voy en mi jaca, que tiene un paso como el de un ángel, y el amigo Nazarín, pues le llevamos, sí señor, le llevamos, oprimirá los lomos de mi modesta burra..., cabalgadura digna de un arzobispo... Conque señores, a montar. Despejen la puerta. Valeriana, que vendremos a cenar.

Partió la caravana, despedida con cordiales saludos por multitud de gente que en la plaza se reunió. Delante iban Urrea y el cura, detrás Nazarín en su rucia, bien albardada y sin estribos. Ambos clérigos vestían, a horcajadas, lo mismo que en el pueblo, sotana, gorro de terciopelo, y balandrán. Regía el madrileño su caballo con gran destreza. Don Remigio no cesaba de recomendar a su jaca la mayor circunspección o tacto de pezuña en el desigual y áspero camino por donde se metieron, a Occidente de San Agustín, y don Nazario, confiado en el andamento parsimonioso de su borrica, atendía más a la admiración del paisaje de la Sierra, que a conversar con los otros jinetes, de los cuales parecía como escudero o espolique.

De tan diferentes cosas habló don Remigio, que no es posible recordarlas todas. Hizo observar a su acompañante las hermosuras de la Naturaleza, la ruindad de los caseríos, el descuidado cultivo de las tierras; explicó historias de ruinas y caserones viejos; se lamentó de la falta de caminos; designó el sitio por donde se había trazado un canal de riego, que no se abriría nunca, y estos y otros comentarios del viaje fueron a parar a las quejas de su mala suerte, por haberle tocado empezar su carrera en comarca tan desmedrada y pueblo tan mísero.

—Yo me conformo, ya ve usted... Deme el Señor salud para servirle, que lo demás no importa. Sepa usted que, al venir a este curato de San Agustín, me dijeron que por tres meses, y ya van tres años. Prometiéronme pasarme a Buitrago, o Colmenar Viejo, y hasta ahora. No es que yo sea ambicioso; pero, francamente, es uno licenciado en ambos derechos; ama uno el estudio, y la verdad, la vida obscura y ramplona de estos poblachos no estimula al trato de los libros. El tío, que es mejor que el buen pan, me anima, me asegura que no se descuida en recomendarme, y que a la primera ocasión pasaré a un curato de Madrid, ¡ay! su desiderátum y el mío. Y no me hablen a mí de otras poblaciones. ¡Mi Madrid de mi alma, donde me crié, donde probé el pan del estudio, y adquirí mis modestas luces! No aspiro yo a tener allí la independencia de un don Manuel Flórez; sé que tengo que trabajar de firme. Quiero que mi corta inteligencia no sea un campo baldío, como estos barbechos que usted ve por aquí, señor de Urrea; debo cultivarla y coger en ella algún fruto, para ofrecerle a Dios, que me la ha dado... No me quejaría si no viera ciertas desigualdades. Amigos y compañeros míos, a los cuales no debo mirar, porque no debo, ¡ea! como superiores en saber religioso ni profano, ocupan plazas en catedrales, o en las parroquias de Madrid... Mi tío me dice: «No te apures, hijo, y confía en el favor de Dios y de la Santísima Virgen, que ya premiarán con el merecido ascenso tu paciencia y conformidad...» Claro que me conformo, señor de Urrea, y aun alabo al Señor porque no me da mayores males. Tengo, gracias a Dios, un genio de mucho aguante para desgracias, injusticias y sinsabores. Yo digo: ya me tocará la buena, ¿verdad? ya me llegará la buena.