Procuraba el forastero refrescarle las esperanzas, asegurando que los méritos de su interlocutor, así morales como intelectuales, saltaban a la vista, y no podían ser desconocidos de los que en Madrid manejan todo este tinglado del personal eclesiástico. Y al decir esto, hizo notar la diferencia entre los gustos y aspiraciones de uno y otro, pues mientras a don Remigio le atraían los llamados centros de civilización, a él, José Antonio de Urrea, los tales centros se le habían sentado en la boca del estómago, y todo su afán era perderlos de vista. Verdad que entre las circunstancias de uno y otro no había paridad: don Remigio era un hombre puro y virtuoso, inteligencia llena de frescura, y a los treinta y cinco años apenas había desflorado la vida, mientras que Urrea, a la misma edad, se conceptuaba viejo, y aun por muerto se tendría, si de entre las cenizas de su alma no sintiera que otra alma nueva le brotaba. Con estas y otras pláticas se fue pasando el camino árido, de muy escasos atractivos para el viajero. El terreno era cada vez más quebrado, como de estribaciones de la Sierra, y ostentaba la severa vegetación de encina baja, brezos y tomillares. De pronto señaló don Remigio un caserío arrimado a unos cerros cubiertos de verdura, y dijo a su compañero:

—Ahí tiene usted a Pedralba.

Pareciole a Urrea encantador el sitio y espléndido el paisaje, mirando más a su interior que al paisaje mismo. Al acercarse vieron tierras de labrantío junto a las casas, que eran tres, destartaladas y grandonas. Picaron las caballerías, y cuando ya se hallaban como a medio kilómetro, empezó Nazarín a dar voces:

—¡Mírenlas, mírenlas: allí están... ya nos han visto!

—¿Quién, hombre?

—La señora Condesa y Beatriz.

—¿Dónde?... Pero qué vista tiene este hombre.

—Allá... allá... ¿Ven ustedes ese campo de amapolas todo encarnado, todo encarnado? ¿Y más allá, no ven unos olmos? Pues por allí van..., digo vienen, porque salen a encontrarnos.

—No vemos nada; pero pues usted lo dice...

—Y ahora nos saludan con los pañuelos... Miren, miren.