IV

Ya cerca de las casas vieron a las dos mujeres, que avanzaban por entre un campo de cebada. Ambas miraban risueñas, y casi casi burlonas, a los tres caballeros. Cuando Urrea, apeándose ante su prima, le pidió perdón poco menos que de hinojos por su desobediencia, doña Catalina no se mostró muy severa con él, sin duda por no avergonzarle delante de los dos sacerdotes, y de otras personas que allí se reunieron.

—Si ha habido falta, señora Condesa —dijo don Remigio galanamente—, yo intercedo por el culpable y solicito su perdón.

—Ya sabe el pícaro que padrinos le valen —replicó Halma sonriendo, y todos reunidos, después que los jinetes entregaron a Cecilio las caballerías, se encaminaron al castillo, que así en la comarca era llamada la casona, aunque de tal castillo solo tenía la robustez de sus paredes, y una torre desmochada, en cuyo cuerpo alto, mal cubierto de tejas, había un palomar. Del escudo de los Artales, apenas quedaban vestigios sobre el balcón principal del llamado castillo. La piedra era tan heladiza que solo se podía ver una garra de dragón, y un pedazo de la leyenda, que decía Semper. Mejor se conservaba la berroqueña de los ángulos y del dovelaje, y el ladrillo revocado de los paramentos no tenía mal aspecto; pero los hierros todos, balcones y rejas, no podían con más orín, por lo que había dispuesto su propietaria reponerlos, mientras un buen maestro de Colmenar preparaba la reparación de toda la fábrica, interior y exteriormente. Veíase ya, frente a la casa, dentro del recinto murado que a la entrada precedía, el montón de cal batida, y maderas para andamios y obra de carpintería. Junto a la torre, se alzaban los descarnados murallones que la tradición designaba como ruinas de un monasterio cisterciense, y que más que edificio destruido, parecían una segunda casa a medio hacer. Respetando los basamentos, y aprovechando el material de lo restante, la Condesa pensaba construir allí su capilla y panteón, con la mayor economía posible. A un tiro de piedra de la casa-castillo, estaban las cuadras, y más abajo, un tercer edificio, habitado por los que llevaron en renta la finca hasta el año anterior. Últimamente, Pedralba estuvo a cargo del administrador de las propiedades de Feramor en Buitrago, don Pascual Díez Amador, el cual dio posesión del castillo y casas y tierras a la señora doña Catalina, el día de su llegada en el carromato, que fue el 22 del mes de Marzo del año de mil ochocientos noventa y tantos.

Era la heredad de Pedralba extensísima; pero no se labraban más que los terrenos próximos a la casa, labor descuidada, somera y primitiva, que daba escaso rendimiento. Lo demás era monte, bien poblado de encinas, enebros, y algunos castaños en la parte alta. Lo más próximo al llano sufrió varias talas, y uno de los renteros propuso al Marqués, años atrás, la roturación. Pero asustaron al propietario los dispendios de la empresa, y quedó en tal estado, ni monte ni labrantío, a trechos pradera desigual, cruzada de viciosos retamares. Dos riquísimas fuentes surtían de cristalinas y puras aguas potables a Pedralba, la una entre la casa-castillo y las cuadras, la segunda, manantial de primer orden, en una encañada a la vera del monte. Árboles de sombra había pocos. Los que puso el último arrendatario se perdieron por incuria. Frutales no existían más que tres en finca tan vasta, un moral inmenso detrás de la torre, el cual cargaba anualmente de dulcísimas moras negras, y dos albérchigos en el sendero que unía las dos casas. Los madroños diseminados en distintos parajes no se contaban, por su silvestre lozanía y lo desabrido del fruto, en el reino propiamente frutal. Tal era Pedralba, finca de primer orden según opinión de don Pascual Díez Amador, siempre y cuando se tiraran en ella veinte o treinta mil duros.

No eran estos los planes de Catalina, que solo se propuso sostener la propiedad tal como la encontró, con los mejoramientos que su residencia imponía, y procurarse en ella la vida retirada y humilde que adoptar anhelaba, sin caer en la tentación del negocio agrícola, ni pensar en aumentos de riqueza que habrían desmentido sus ideas y propósitos de modestísima existencia. Lo que le restaba de su legítima, pensaba conservarlo en valores de renta, reservando los dos tercios para sostenimiento de su persona y casa, y de la familia de infelices que en torno de sí había reunido: el otro tercio lo dedicaba a las reparaciones indispensables, a la construcción de la capilla y enterramientos, a plantar una huerta, y, si aún había margen, a mejorar la finca.

Entremos ahora en el castillo, y veamos la mejor pieza de él, que era la cocina, en el piso bajo y al fondo del edificio, a la parte del Norte. Todo era grandioso en aquella pieza, hogar, alacenas, horno, el piso de hormigón muy sólido, el techo alto y la campana bien dispuesta para dar salida a los humos rápidamente. Las otras piezas bajas valían poco; eran estrechas, y sus ventanas, que más parecían troneras, les daban muy tasada la luz. En cambio, las del piso alto teníanla de sobra. Seis o siete estancias existían en él, que bien arregladas habrían podido alojar mucha gente. En dicho piso, al lado de Levante, vivían la Condesa y Beatriz, en aposentos separados y próximos; a la parte de Occidente, el matrimonio Ladislao-Aquilina con sus hijos, y aún quedaban entre estas y las otras viviendas algunas estancias vacías. En la torre, debajo del palomar, tenía su cuarto Nazarín, comunicado con la casa-castillo por estrecho pasadizo. El mueblaje era casi todo del siglo pasado, o del tiempo de Fernando VII, confundido con sillerías modernas de paja, de lo más ordinario, llevadas de Colmenar Viejo. Las cómodas y consolas, las sillas de caoba con respaldo de lira, las camas de pabellones a la griega, las laminotas con marco de ébano y asuntos pastoriles, ofrecían un aspecto sepulcral, lastimoso, como de objetos desenterrados, a los cuales se había limpiado el humus de la fosa, a fuerza de jabón y estropajo.

Doña Catalina y Beatriz vestían exactamente lo mismo, con las ropas de la primera, que habían venido a ser comunes: falda de merino negro, calzado grueso, blusa de percal rayada de negro y blanco, y un mandil de retor. Al adoptar la vida pobre, la señora Condesa no estimó que debía renunciar a sus hábitos de pulcritud; decía que el aseo exterior, por causa de la educación y la costumbre, afectaba al alma, y que la suciedad del cuerpo era pecado tan feo como la de la conciencia. No vacilaba, pues, en aplicar estas ideas a la realidad, manteniendo en su cuarto y persona la misma esmerada limpieza de sus mejores tiempos de vida cortesana.

—El aseo —decía—, es a la pureza del alma, lo que el rubor a la vergüenza.

No comprendía el ascetismo de otro modo.