Plobertin, hombre de poca perspicacia, creyó lo del ducado.

—Antes de morir le entregaré al señor comandante, para que lo retenga en su poder hasta que pueda ser puesto en manos de la gente del de Alcalá. Os advierto que el señor Duque es partidario y amigo del Rey José. Conque pensad si vuestro comandante tendrá cuidado de complacerle.

Plobertin lo creyó todo. Bestia de mucha fuerza, pero de poca astucia, no supo evitar el lazo que yo le tendía. Mirábame con asombro y desconsuelo.

—De modo que no hay pequeño Claudio para el Sr. Plobertin —añadí—. Sois un hombre sensible, un padre cariñoso; pero Dios ha querido probaros, y el consuelo que deseabais os será negado. Sin embargo (al decir esto acerqueme más a él), os propongo un medio para que adquiráis este juguete que tanto os agrada.

—¿Cuál?

—No puede ser más sencillo —le contesté con serenidad—. Dejadme escapar, y os dejaré esta prenda.

Levantose con viveza el león, y enfurecido me dijo:

—¡Que os deje escapar! ¿Qué habéis dicho? ¿Por quién me tomáis? ¿Creéis que somos aquí como en las partidas? ¿Creéis que los franceses nos vendemos por un cigarrillo como vuestros guerrilleros?... ¡Escapar! ¡Solo Dios haciendo un milagro os salvaría!

—Sr. Plobertin, un buen soldado como vos, ¿será cómplice del asesinato que se va a perpetrar en mí?

—¡Asesinato! —exclamó mostrándome sus formidables puños—. Que os salpiquen los sesos, ¿a mí qué me importa? Lo mismo debieran hacer con todos los españoles, a ver si de una vez se acababa esta maldita guerra... Miradme bien, mirad estas manos. ¿Creéis que necesito armas contra un alfeñique como vos? Si lo dudáis y queréis probarlo, hablad segunda vez de escaparos. Estando en Portugal con Junot, custodiaba a un preso. Quiso fugarse: le cogí el cuello con la izquierda, y con la derecha dile tan fuerte martillazo sobre el cráneo, que ahorré algunos cartuchos a los tiradores que le aguardaban en el cuadro...