—Aquí hace bastante frío. Además, este chico os servirá de estorbo. ¿Por qué no me le dais desde ahora?

—Señor Plobertin —repuse—, este niño no se separará de mí mientras yo viva. ¿Verdad, lucero?

El Empecinadillo, saltando de los brazos del zapador, corrió a arrojarse en los míos.

—Ven acá, tunante —le dije—. Tú no quieres a los asesinos de papá... Dile a ese animal que se marche, que no quieres verle.

El niño miró a Plobertin con miedo, y se aferró a mi cuello, juntando su cara con la mía.

—Os equivocáis, Sr. Plobertin —añadí—, si pensáis apoderaros de esta criatura luego que yo muera. La dejaré en poder del comandante, el cual en su caballerosidad no permitirá que por más tiempo esté ausente de sus padres.

—¿No es vuestro?

—¡Qué desatino! ¿Habéis visto alguna vez que un oficial lleve sus hijos a la guerra?

—Muchas veces: en los ejércitos imperiales se han criado algunos niños.

—Este que veis aquí es hijo de los señores Duques de Alcalá. Hallábase en poder de su nodriza en un pueblo de la Alcarria; quemaron nuestros soldados el lugar, recogiendo a este señor duquito; mas sabida por D. Juan Martín la elevación de su origen, ordenó que fuese entregado en Jadraque a la servidumbre del señor Duque, que le está buscando. Con este fin le llevábamos, cuando nos sorprendieron los renegados y los franceses. Yo le recogí del campo de batalla a punto de ser pisoteado por la caballería.