—Es una mengua —dijo— que un soldado del Imperio llore a moco y baba, ¿no es verdad? Pero no lo puedo remediar. Mis camaradas se han reído de mí. Al ver esta noche a vuestro niño, el corazón se me ha derretido... Señor oficial, me muero de dolor.
Sin cuidarse de la comida que me servía, sentose ante mí, sosteniendo al chico sobre sus piernas cruzadas.
—Toma —dijo sacando del bolsillo varias golosinas—. Te voy a hacer un vestido de lancero y una espadita de hierro con su vaina y correaje. Me dejaré emplumar antes que permitir, como quiere el teniente Houdinot, que te quedes en un hospicio. ¡Ay, mi pequeño Claudio, corazón y alma mía! Mañana me pertenecerás. El pobre soldado, ausente de su hogar, triste y sin familia, te llevará en sus brazos.
—¡Cuánta sensiblería! Ya sabemos que vuestro niño era como este.
—Sí —declaró con intensa congoja—. Era como este; era, señor oficial, pero ya no es. ¿No dije a usted que hoy esperábamos el correo de Francia? Pues el correo vino; ojalá no viniera. El corazón me anunciaba una desgracia. ¡Ay, mi hijo único, mi pequeño Claudio, el alma de mi vida, está ya en el cielo!
Cubriéndose el rostro con ambas manos, lloró sin consuelo.
—En la Borgoña —añadió—, el sarampión se está llevando todos los niños. El señor cura Rivière me escribe (porque mi esposa, a causa de su desolación, no puede hacerlo, además de que no sabe escribir), y me dice que el pequeño Claudio... ¡Ay, mi corazón se despedaza! El pobre niño no se apartaba de mi memoria en toda la campaña. ¡Oh! si yo hubiera estado en Arnay-le-Duc, mi pequeñín no hubiera muerto... ¡Cómo es posible! Tiene la culpa el Emperador..., ese ambicioso sin corazón... ¡Que Dios le quite al rey de Roma, como me ha quitado el mío!... Yo tenía mi rey de Roma, que no nació para hacer daño a nadie... ¡Pobre de mí! No tengo consuelo... Era rubio como este, con dos pedazos de cielo azul por ojos, y este aire tan marcial, esta gracia, esta monería. Cuando yo le tomaba en brazos para llevarle a paseo, me sentía más orgulloso que un rey, y todos los papanatas de Arnay-le-Duc se morían de envidia...
La congoja le impedía hablar. La cara del Empecinadillo se perdía en las magníficas barbas del francés humedecidas por las lágrimas. Aquella personificación de la fuerza humana; aquel león, cuya sola vista causaba miedo, estaba delante de mí, dominado y vencido por el amor de un niño.
—La semejanza —dijo— de este angelito con el mío es tanta, que me parece que Dios, después de llamar a mi pequeño Claudio al cielo, le envía a hacerme una visita. Como me den la licencia en marzo, espero entrar en Arnay-le-Duc con vuestro muñeco en brazos y presentarme en mi casa diciendo: «Señora Catalina, aquí le traigo. El buen Dios, que sabía mi soledad, le mandó a mi campamento. Has estado sola unos meses... Todo no ha de ser para ti... Ya estamos juntos los tres. Convidemos a todos los vecinos, celebremos una fiesta, pongamos a la cabecera de la mesa al cura M. Rivière, para que nos explique este milagro de Dios.»
Después, y mientras el Empecinadillo comía, me miró fijamente y me dijo: