—Al romper el día —añadió—, seréis pasado por las armas.
Era extraña la sentencia de un Consejo de guerra que me mandaba fusilar sin oírme. Pero no procedía hacer reflexiones sobre esta anomalía. Además, los guerrilleros, excepto Don Juan Martín, acostumbraban despachar a cuantos franceses caían en sus manos, sin molestarse en el uso de procedimientos. Los enemigos al menos tenían la consideración de leerle a uno un papel donde constaba la picardía inaudita de defender la patria.
El zapador traía comida abundante para mí y para el Empecinadillo, que, recogiendo sus juguetes, se había refugiado entre mis brazos. Es costumbre, hasta en los campamentos, engordar y emborrachar a los que van a morir, aunque no consta este precepto entre las obras de caridad de la religión cristiana.
—Mi teniente —dijo el soldado arreglando los platos en el suelo—, creo que debe ser retirado de aquí este chiquillo.
—Si el preso quiere retenerlo en su compañía hasta mañana, dejadlo aquí, Plobertin. Ese niño será suyo. No debe mortificarse inútilmente a los desgraciados que van a morir. La comida es excelente, señor español, y el vino de lo mejor.
Después de esta explosión de sentimientos caritativos, el francés me miró con lástima.
—Mañana —prosiguió— se recogerá este infeliz huérfano, para entregarlo en el primer hospicio que encontremos en el camino.
Retirose el oficial, y Plobertin seguía poniendo en orden los platos. Observele a la luz de la linterna, y con gran sorpresa vi su rostro bañado en lágrimas.
—¿Qué tiene usted? —le pregunté.
Plobertin, por única respuesta, corrió hacia el Empecinadillo, y estrechándole en sus brazos, le besó con ardiente efusión.