—¿Qué pasa aquí? —preguntó el oficial de guardia mirándome con fieros ojos.
—¿Ha querido escapar atropellando a monsieur le chanoine? —dijo otro observando la turbación de Trijueque.
Este, con voz campanuda y acción imponente, habló así:
—Es un salvaje, un bárbaro, y al que le habla de pasarse a los franceses le quiere matar. Había que oírle, señores oficiales, había que oírle. Para él todos ustedes son unos canallas, perdidos sin vergüenza, y dice que prefiere cien muertes a servir bajo las deshonradas banderas del Imperio. Cuando se lo propuse, se echó sobre mí llamándome traidor... No hay que hablarle más que de la honra, de la conciencia y otras majaderías... A este joven se le ha puesto en la cabeza que primero es el honor que nada. Mi opinión es que le fusilen al momento.
Los franceses no comprendieron la ironía de las palabras de mosén Antón. Yo, abrumado, confundido por tan extraña salida, sentí desfallecer mi ánimo y disiparse aquella exaltación que me había hecho pedir a voces la deshonra. Contesté afirmativamente al oficial, cuando me preguntó si me ratificaba en lo dicho por el clérigo; fuéronse todos y quedé solo otra vez.
El día empezaba a declinar. Mi alma cayó en la obscuridad. Estaba irritada, demente, y forcejeaba en doloroso pugilato con las sombras, con las ideas, con las sensaciones. A ratos apetecía la libertad con vehemencia terrible; después se abrazaba a la cruz de su honor anhelando no separarse de ella. ¡Cuán difícil me es pintar lo que pasó dentro de mí aquella noche! Si alguien ha visto la muerte delante de sí, y ha abofeteado sin respeto ni pavor la imagen del tránsito terrible, para echarse después llorando en sus brazos y decirle: «Vamos, vamos de una vez», comprenderá lo que yo padecí.
XXI
En aquellos instantes de turbación espantosa reflexioné que una defección fingida no me serviría de nada, porque los franceses me retendrían allí, imposibilitándome de acudir a Cifuentes, como yo deseaba. Era preciso, pues, resignarse a morir. La traición no cabía en mi pecho, y me aterraba más que la muerte desconsolada, fría y sin gloria que tenía tan cerca.
Largo tiempo estuve solo. Turbaba el silencio de la solitaria pieza la voz del Empecinadillo que hablaba con sus juguetes en un rincón. El pobre chico, cuando se sentía fatigado de correr, sacaba de entre sus ropas objetos diferentes que le servían de diversión. Un par de botones eran caballos, un pedazo de clavo hacía de coche, y una piedra de chispa era el cochero. Si su fantasía se inclinaba a las cosas militares, las mismas baratijas eran cañones, cuerpos de ejército y generales. Otras veces eran personas que le hablaban y sostenían con él chispeantes diálogos. En mi tribulación, ¡cuán inefable deleite experimentaba oyéndole!
Entró ya de noche un oficial en compañía del mismo soldado que me visitara por la mañana. Echome el primero a la cara la luz de una linterna, y después leyó un papel que parecía ser mi sentencia de muerte.