Di tan fuertes patadas en la puerta, que el edificio retemblaba con violenta convulsión.

—Araceli —dijo Trijueque alzando la voz—, esa puerta no se pasa sino para ir al cuadro, o para ponerse al amparo de la bandera francesa.

Exaltado por la ira, loco, fuera de mí, ardiendo todo, cuerpo y alma, grité:

—Pues bien: me paso a los franceses... me paso, hago traición. Pero que me saquen de aquí, que me den mi libertad... quiero correr fuera de aquí... Tengo que hacer en otra parte.

—¡Desgraciado, insensato, miserable! —exclamó Trijueque estrechándome en sus brazos de hierro—. ¿Así habla un español valiente y patriota; así se renuncia a la gloria, al honor? Silencio, porque si vuelves a hablar de pasarte al enemigo, aquí mismo... ¡Pasarse a la canalla! ¡Ahí es nada!... ¡Eso quisieran ellos!... No lo consentiré.

—¿Quién habla así? —grité luchando con el coloso para desasirme de él—. El mayor y más vil traidor del mundo; usted, mosén Antón, que ha vendido a su jefe.

—Pero yo... —repuso con gran turbación—. Repara que yo soy...

Lanzando un rugido, se cubrió la cara con las manos, y terminó la frase así:

—¡Yo soy un hombre indigno, un Judas!

Al ruido que ambos hicimos, acudió gente, y abriendo mosén Antón la puerta, llenose mi prisión de oficiales y soldados.