—Es verdad. Hace más de diez días —dije con la mayor ansiedad.

—Santorcaz la leyó. Después, después... ya me acuerdo. Después dijo que era preciso escribir otra imitando la letra de usted.

—¿Para qué?...

—Una cartita en que se figurase que usted escribía a la tal chiquilla... ¿para qué se mete usted en chicoleos con las muchachas? Pues... una esquela diciéndole: «Estaba preso en Gárgoles, y me he escapado. Unos amigos me han escondido. Quiero veros, lucero mío, sí... quiero veros. Venid al instante. Sé que vuestra mamá está enferma en cama. No le digáis nada. Tengo que confiaros una cosa, de que depende el porvenir, etc. Salid un momento por la puertecilla de la huerta. Estoy en la casa de enfrente. Fiaos del que os entregará esta, que es mi mejor amigo...» Cuando yo subí, D. Pelayo, que es un gran pendolista, estaba escribiendo la carta. El demonio son los enamorados. He aquí una debilidad que yo no he tenido nunca. Esos bribones quieren obligarla a salir de casa, para echarle el guante.

Al oír esto, quedeme absorto y mudo. Después la sangre saltó dentro de mí, y una cólera impetuosa se desató en mi pecho. Levantándome con ímpetu frenético, corrí a la puerta, que Trijueque había cerrado por dentro guardando la llave, y la sacudí con violencia.

—¡Quiero salir! —grité—. ¡Quiero salir! No puedo estar aquí ni un momento más. ¡Mi libertad, que me devuelvan mi libertad!

Mosén Antón, corriendo tras de mí, me sujetó.

—¡Qué es eso de libertad! Silencio.

El furor me abrasaba la sangre. Mi corazón estallaba, y olvidé mi próxima muerte.

—¡Quiero mi libertad! ¡Yo necesito salir de aquí; hablaré al comandante!... ¡Esos infames merecen que les arranque las entrañas!