—¿Mi nombre?
—Sí; pero ¿qué le importan estas tonterías a un hombre que está con un pie en la inmortalidad?
—Cuénteme usted todo lo que sepa...
—Ello es que... a ver si me acuerdo. Tiene uno la cabeza tan llena de ideas, que no se fija en lo que se dice a su lado...
—Haga usted memoria: nada me sorprenderá, pues todo lo he previsto.
—Ello es que... —dijo rascándose la oreja—. ¡Ah! ya me acuerdo. Hay una chica en Cifuentes.
—Es muy natural que haya, no una, sino varias.
—Y esa chica es al modo de novia de Araceli. Un soldado como usted no debe meterse en noviazgos... ¡Ah! es evidente que Santorcaz quiere llevársela. En verdad, fusilarle a uno y quitarle después su novia, es un poco fuerte. Pero no haga usted caso. Ánimo, joven. Las grandes almas desprecian las pequeñeces del mundo.
—¿No sabe usted más?
—Sí. Ese D. Luis estaba esta mañana discurriendo el modo de sacarla... ¡Si pudiera acordarme de lo que dijo...! ¡Cómo se reían los tunantes!... El D. Pelayo mostró a Santorcaz una carta que usted había escrito a esa damisela desde Sigüenza, y que le confió a él para que la llevase.