No le respondí nada.
—¿Será usted capaz de flaquear en el momento supremo? Esa alma varonil, ¿será capaz de sentir turbación cuando el cuerpo se vea dentro del fúnebre cuadro?
—No.
—Ánimo. Si le viera a usted decaer de su apogeo glorioso, tendría un disgusto. Pues no se envanecería poco esa vil canalla si usted se afrancesara... No, no, vil gentuza francesa... no le tendréis... El heroico joven morirá antes que servir bajo vuestra ignominiosa bandera... ¡Maldito sea el español que cae en vuestros lazos! ¡Miserables secuaces del gran bandido!... Valor, joven. Que le vea yo a usted dentro del cuadro abatiendo con su noble altivez la vanidad de esos cobardes.
—Es extraño que de tal modo me hable un hombre que ha hecho lo que ha hecho.
—No hable usted de mí. Yo soy un... Anoche, santo Dios... cómo me abrumaba el peso... Conque valor, mucho valor... Este ejemplo que tengo ante la vista me entusiasma... Francamente, cuando vi que subía a conferenciar con usted ese farsante a quien llaman Santorcaz, temí...
—Le conozco hace tiempo. Ese hombre y yo no podemos hacer buena compañía.
—Él se las prometía muy felices. Es un bribón. En verdad que no es de los que peor me tratan. Dicen que todas esas idas y venidas al ejército francés, y el recorrer los pueblos de la Alcarria, es por cuestión de unos amores con cierta jovenzuela de Cifuentes.
—¿Eso dicen?
—Sí... y ahora me viene a la memoria que entre él y ese zascandil de D. Pelayo, que vino acá conmigo, están tramando una picardía... El nombre del Sr. Araceli danza en la fiesta.