—¡Sí... me cambiaría, me cambiaría! —dijo lúgubremente—. En verdad no hay un hombre más desgraciado que yo en toda la redondez de la tierra. El Manco está contento, porque al fin... ese no quería más que dinero, y ya lo tiene. Pero yo he ambicionado lo que no me pueden dar, lo que no alcanzaré nunca, no... yo quiero un gran ejército, y creí que el demonio me lo daría. El demonio se ríe de mí y me llama ¡monsieur le chanoine!

Mosén Antón dio un salto, y con frenético ardor, poseído de insana rabia, golpeó la pared con su cabeza, exclamando:

—¡Rómpete, cabeza, rómpete!... ¿para qué me sirves ya? ¿De qué te vale lo que llevas dentro?... Inventa sermones para embobar a los botorritanos, y nada más. ¡Epaminondas, César, Alejandro, Gran Capitán, Bonaparte! Vosotros tuvisteis ejércitos que mandar: yo no mandaré más que en mi iglesia, y el ama y mi sobrina, el sacristán y el monago me obedecerán tan solo.

—Basta —dije apartándole de la pared, temiendo que realmente se estrellara el cráneo.

El Empecinadillo sacó la cabeza fuera de la manta, para mirar un instante con aterrados ojos a Trijueque. Después se volvió a esconder.

—Hasta que no me echen abajo esta montaña que llevo sobre los hombros... Mi cabeza es demasiado grande y harto pesada para uno solo. Con ella habría para dar entendimiento a veinte.

Los ojos se le querían saltar de las irritadas órbitas; respiraba con ardiente resoplido, y el aspecto de su cara era el de un delirante.

—Me voy —dijo—. Quiero pasear por el campo... Pensaré lo que debo hacer. Valiente joven, ánimo. La situación de usted es de las más gloriosas.

—Sí —repuse con honda tristeza.

—Le fusilarán de madrugada. Su recuerdo quedará vivo y respetado en el ejército. «¡Araceli, dirán, gran muchacho! Murió por no querer pasarse al enemigo...» Se escribirá su nombre en la historia... ¡Bonita página!... hermosa vida y más hermosa muerte.