—Él le sacó a usted de la nada y le dio nombre y poder.
—Es verdad: no negaré que debo a mi enemigo la reputación que he adquirido, porque hace tres años yo no era más que cura. ¡Qué tiempos! Me parece que fue ayer, y al recordarlo el corazón me baila en el pecho... Desde mi juventud conocí que Dios no me había llamado por el camino de la Iglesia. Frecuentemente, ya después de ser clérigo, pensaba en duelos y batallas, y más que con la lectura de teólogos y doctores, mi espíritu se apacentaba con las obras de Ginés Pérez de Hita, de Don Diego y D. Bernardino de Mendoza... y otros historiadores de guerras. En mi curato de Botorrita viví tranquilamente muchos años. Yo era un Juan Lanas: decía misa, predicaba, asistía a los enfermos y daba limosna a los pobres. ¡Ay! En tanto tiempo, ni siquiera supe cómo se mataba un mosquito. Pero mi alma, sin saber por qué, no estaba contenta con aquella vida, y mi pensamiento vivía por lo general en otras esferas.
»Estalló la guerra. El día en que llegó a Botorrita la noticia de los sucesos del Dos de Mayo, me puse furioso, me volví salvaje. Salí a la calle, y entrando en casa de un vecino empecé a dar gritos, por lo cual me llevaron en triunfo... ¡Ay, qué día! Compré un trabuco y me ocupé en disparar tiros al aire, diciendo: «Ya cayó un francés... allá va otro...» Pasó un mes, y un domingo del mes de junio yo estaba en la sacristía vistiéndome para salir a la misa mayor, cuando el sacristán me dijo que acababa de entrar en el pueblo D. Juan Martín Díez, a quien yo conocía, con una partida de gente armada para defender la patria... Me entró tal temblor, tal desasosiego, que empecé la misa sin saber lo que hacía... el latín se me atravesaba en la boca, y me equivocaba a cada instante. Como el monaguillo me advirtiera mis equivocaciones, le di un bofetón delante de los fieles.
»Dicho el Evangelio subí al púlpito para predicar, a punto que muchos hombres de la partida de Juan Martín entraban en la iglesia. Mi plan era hablar del Espíritu Santo; pero no me acordaba de lo que había pensado, y dije a los botorritanos: “Hijos míos: San Juan Crisóstomo en el capítulo veintinueve escribe que Napoleón es un tunante... Sed buenos, no cometáis pecados. Napoleo precitus est. No se debe robar, porque el demonio os llevará al infierno, así como Napoleón se ha llevado a Francia a nuestro Rey... ¿Quiénes son esos valientes macabeos que entran en el templo de Dios armados de guerreros trabucos, cual los hijos de Asmoneo? Benditos sean los soldados que vienen con su tren de escopetas y navajas, como Matatías, cuando marchó contra Antíoco Epífanes. ¿Y quién es aquel belicoso Josué que ahora entra por la puertecilla de las Ánimas? ¿Quién puede ser sino el santo varón de Castrillo de Duero, que va a Gabaón en su jaca negra, para vencer a Adonisedec, Rey de Jebús? Celebremos con cánticos la caída de las murallas de Jericó, al son de los bélicos cuernos y de las retumbantes castañuelas.”
»Y en este estilo, seguí ensartando disparates. Yo no sabía lo que predicaba. El pueblo y los guerrilleros se volvieron locos, y con sus patadas y gritos atronaron la iglesia. Seguí mi misa... ¡Ay! cuando consumí no supe lo que hice: no respondo de haber tratado con miramiento al santo Cuerpo y a la santa Sangre de Nuestro Señor... El cáliz se me volcó. Durante el lavatorio, el monaguillo, entusiasmado, se puso a dar brincos delante del altar... Yo no cabía en mí, y los pies se me levantaban del suelo. Todo cuanto tocaba ardía, y hasta dentro de mí creí sentir las llamas de un volcán. Cuando me volví al pueblo para decir Dominus vobiscum, alcé los brazos y grité con toda la fuerza de mis pulmones: ¡Viva Fernando VII, muera Napoleón!... Juan Martín, subiendo precipitadamente al presbiterio, me abrazó, y yo, por primera y única vez en mi vida, me eché a llorar. El pueblo aplaudía, llorando también.
»Un momento después, yo había ensillado mi caballo y seguía la partida de Juan Martín.
XX
—Vaya usted preparando su espíritu con esos recuerdos —le dije—, y al fin comprenderá que no tiene otro camino que pedir perdón a D. Juan de esa gran villanía que usted cometió en un momento de despecho. Todos los hombres tienen un mal cuarto de hora.
—No... nada de perdones —repuso dejando caer la cabeza sobre el pecho—. Juan me ha tratado mal. Tiene envidia de mis hazañas. ¡Oh! Si le hubiera yo cogido anoche, le habría dicho: «Ea, Sr. Empecinado, ¿de qué le valen a usted esos humos? Ya está usted a merced de mosén Antón... Abajo esos galones, y váyase usted a su casa.» Le hubiéramos perdonado, tomando yo el mando de toda la gente, pues así lo concerté con Albuín.
—Dios protegió al soldado leal, y la traición victoriosa por un momento es despreciada por los mismos enemigos. ¿Hay en el mundo un ser más desgraciado que usted? El peso de sus remordimientos, la repugnancia que como traidor inspira a los franceses, ¿no le han movido a desear cambiarse por mí, condenado a morir?