—¡Arzobispado a mí! —exclamó con furia, sacudiéndome el brazo—. Sepa usted que de mí no se ríe nadie, nadie.

—Mosén Antón —dije, deseando poner fin a la conferencia—, déjeme usted solo.

—No me da la gana... Vamos a ver... He subido para ayudarle a usted a bien morir; y si me ven bajar tan pronto, esa gentuza dirá que monsieur le chanoine despacha a los reos demasiado pronto...

—Sin embargo, si alguno nos oye, creerá que el reo es usted y yo el Padre capellán.

—En resumidas cuentas, Sr. Araceli —dijo con mucha impaciencia—, ¿qué cree usted que debo hacer?

—Ya lo he dicho; a no ser que prefiera el buen cura quedarse entre los franceses diciendo misa...

Los ojos de Trijueque despedían fuego.

—¡No, no, no! —gritó con exaltada inquietud, haciendo gestos de loco—. Yo no puedo pedir perdón a Juan Martín. Desde anoche, un demonio está montado sobre mi hombro, y con la boca pegada a mi oído me dice: «Pide perdón a Juan Martín...» No, mil veces no. Este hombre, este gran Trijueque, este corazón de bronce no será capaz de tanta bajeza... Juan Martín me ha faltado, me ha humillado; no quería que yo fuese general como él, cuando me siento con alma y cabeza para mandar todos los ejércitos de Napoleón.

—D. Juan quería que sus subalternos le obedecieran. Esta es su gran culpa.

—Juan tenía envidia de mis victorias.