—Sí —repuso el gigante con cierto embarazo pueril en la palabra—. Es que yo... yo soy bastante desgraciado. Desde anoche no sé lo que pasa en mí. Paréceme que el alma, esta grande alma mía, me da saltos dentro del pecho... paréceme que el cielo... desde anoche, todo desde anoche... se me ha caído encima, y que tengo que estar con las manos en alto sosteniéndolo para que no me aplaste.

—Pues bien —dije—: ya sé el mal que padece mosén Antón. Me lo figuraba. La situación en que me hallo me autoriza para aconsejar a persona de más edad y experiencia. ¿Quiere usted curarse de su mal? Pues no hay más que un remedio, y consiste en huir de aquí, abandonando a los franceses; buscar a D. Juan Martín, si es que vive; echarse a sus pies; pedirle perdón humildemente, y suplicarle le conceda a usted, no el mando de un batallón, que eso es imposible, ni siquiera el mando de una compañía, sino una plaza de simple soldado en el ejército empecinado.

—¡Eso jamás! —exclamó con súbita agitación el guerrillero—. ¡Usted se burla de mí! ¡Rayos y truenos!... ¿Soy algún monigote?... ¡Pedir perdón! No sé cómo le escucho con paciencia.

—Pues desechado ese remedio, aún queda otro, el único.

—¿Cuál?

—Ahorcarse. Es de un efecto inmediato. Siga usted el ejemplo de Judas, después de haber vendido a Jesús.

—¡Qué consejos da usted! ¡Pedir perdón a Juan Martín!...

—Como le veo arrepentido...

—Arrepentido precisamente, no... —dijo con afectada entereza—. Un hombre como Trijueque... sabe lo que hace y por qué lo hace...

—Entonces no hablemos más... Que le aproveche a usted el arzobispado que le van a dar.