—Y usted, ¿cómo tiene la suya? —me preguntó con interés.
—La mía está tranquila. Voy a morir. Mi alma se turba al considerar este trance; pero he cumplido con mi deber: no he hecho traición, no he vendido a mis jefes, no he cometido la vileza de auxiliar a mis enemigos. Muero con dolor, pero con calma.
Trijueque me miró largo rato. Luego, tomándome la mano, me la estrechó con fuerza y me dijo:
—Aunque parezca mentira, le tengo a usted envidia.
—Lo comprendo —repuse—, porque a pesar de mi situación no me cambiaría por usted.
El cura se levantó sobresaltado: su cabeza dio en el techo; mas sin hacer caso del golpe ni del dolor consiguiente, corrió varias veces de un extremo a otro de la estancia.
—Mosén Antón —le dije—, cálmese usted. Un hombre de tal temple debe sufrir con más entereza la adversidad.
Yo, vencido y destinado a morir, consolaba al vencedor y al verdugo.
—¡Hermoso fin será el de usted! —exclamó parándose ante mí—. Bajará a la explanada, y entrando con severo continente en el cuadro, usted mismo mandará el fuego. Bonito final. Eso se llama morir como un valiente, y no por castigo de traición, sino por la ley fatal de la guerra, que a veces trae estas catástrofes... Y ahora, señor Araceli —añadió sentándose de nuevo junto a mí—, aconséjeme usted lo que debo hacer.
—El insigne mosén Antón, el gran estratégico, el hombre eminente, ¿necesita que yo le aconseje? ¡Yo, que no valgo nada y que voy a morir! Hanle mandado aquí para que me exhorte, y venimos a parar en que yo he de exhortarle.