De lo más hondo del pecho de Trijueque salió un suspiro o resoplido.
—Juan Martín nos trataba muy mal —dijo—. No le podíamos aguantar. Se empeñaba en deslucirme... Yo quería mandar por mi cuenta y hacer lo que me diera la gana... Yo tengo un genio muy malo, y no me gusta que nadie se ponga sobre mí... Cuando vi que Albuín se marchó al campo enemigo, tuve tentaciones de hacer lo propio; pero por el pronto me vencí. Estuve pensándolo mucho tiempo... ¡ay, qué noches! Yo no podía dormir, ¡me reviento en Judas! La cólera que sentía contra Juan porque no me dejaba hacer mi gusto, y las promesas de los franceses...
—Dicen allá que le prometieron a usted un arzobispado.
—¡Mentira! ¿Quién dice tal cosa? ¡Eso es burlarse de mí! —exclamó mirándome con ojos furiosos—. Lo que me prometieron fue darme el mando de tres mil hombres. El general Gui me escribió una carta llamándome el primer estratégico del siglo, y diciéndome que el Emperador y el Rey José querían conocerme.
No pude contener la risa. Viéndome reír, púsose más furioso el gran Trijueque, deslenguándose en improperios contra los enemigos.
—¡Quién me lo había de decir! Pero estos perros me las pagarán todas juntas... ¡Engañarle a uno; engañar a un hombre que sería capaz de revolver el mundo si le dieran tres mil hombres escogidos; a un hombre que sería capaz de afianzar la corona en las sienes del Rey José o en las del Rey Fernando, según su antojo y voluntad!
—En resumen, señor cura —le dije—, usted está en camino de arrepentirse de su traición y volverse al campo empecinado. Creo que lo recibirán como merece, es decir, a tiros. No habrá entre todos los leales que siguieron la suerte de D. Juan Martín, uno solo que no se crea deshonrado solo de tocar la mano de mosén Antón.
Mirome el guerrillero con expresión extraña. Había en ella tanto de congoja como de ira. Después de una pausa me dijo:
—No: mosén Antón no vuelve atrás... No es este hombre de los que piden perdón. Lo que hice, hecho está. Soy una montaña y no me ablando con gotas de agua... ¡Me reviento en Judas! Váyase Juan Martín con mil demonios; y si los franceses me tratan mal, que me traten; y si me llaman monsieur le chanoine, que me lo llamen; y si me quieren matar, que me maten. Yo no me doblo; lo que hice, hecho está... Pues no faltaba más... Conmigo no se juega. Tan canallas son los unos como los otros... Pero no me arrepiento, no. Agradezca Juan Martín a Dios que no le hayamos cogido.
—Esos fieros, Sr. Trijueque —le dije—, prueban una conciencia alborotada.