—He oído que a los franceses no les gustan los curas soldados.

—¡Así debe de ser —repuso con amargura el buen ex-párroco—, porque me manifiestan un desprecio...! ¡Y quieren que le catequice a usted para que sea afrancesado! ¡No, mil veces no! ¿Sabe usted lo que le aconsejo? Que les mande a paseo... Vale más una muerte gloriosa...

Trijueque dio tan fuerte puñada en el suelo, que creí se había roto la mano.

—¡Morir, morir mil veces es mejor! —exclamó como hablando consigo mismo—. No se pase usted a los franceses, que son unos ladronazos sin vergüenza... ¡Ay, con qué gusto les vería arder a todos!... Pero vamos a cuentas. Dígame usted, ¿qué piensan de mí en la partida?

—Hablan de mosén Antón con tanto desprecio, que si yo fuera mosén Antón, me moriría de vergüenza.

El cura dejó caer la cabeza sobre el pecho, y estuvo largo rato meditabundo.

—¿Y Juan Martín, qué dice? —preguntó después.

—¿Qué ha de decir el hombre que se ha visto vendido del modo más vil, el hombre a quien un traidor amigo tendió celada tan horrible como la de anoche?... ¿Qué ha de decir de los que se pasaron al enemigo, y guiaron o ayudaron a este para coparnos y matar a nuestro general?

—¡Matarle, no! —dijo vivamente el guerrillero.

—O cogerle prisionero, que es peor. D. Juan Martín habrá muerto tal vez, y su grande alma ha recibido la recompensa acordada a los justos. Los infames traidores vivirán aborrecidos y despreciados de todo el mundo, y los mismos franceses huirán de ellos con horror, porque la traición es una mancha que no se cubre ni se borra.