Trijueque, golpeándome con la punta del pie, me dijo:
—Araceli, ¿duerme usted?... ¡Oh, conciencia tranquila!
—Mosén Antón, ¿viene usted a convertirme? —le pregunté.
Turbose ligeramente, y luego, doblándose para sentarse, habló así en voz baja:
—No se puede aguantar a esa canalla.
—¿A qué canalla?
—A los franceses.
—No se habla mal de los amigos, Sr. Trijueque: ¿le han hecho ya general en premio de su traición?
Mosén Antón se puso pálido.
—El general Gui —dijo con violenta ira— me llamó esta mañana para darme una bolsita con dinero. La tiré y salí sin decir nada... Araceli... ¿lo creerá usted? Esos canallas se burlan de mí, me llaman monsieur le chanoine, y hace poco los soldados me pedían riendo la bendición. Di a uno tan fuerte bofetada, que lo doblé... Pero vamos a otra cosa: el comandante me dijo: «Ese desgraciado que está arriba necesitará tal vez oír exhortaciones espirituales. Suba usted, Padre, y a ver si le convence de que se pase a nuestro campo.» ¿Hase visto insolencia semejante?... ¡Tratar de este modo a un hombre, a un guerrero como mosén Antón!