—¿Pasarme al enemigo? Los hombres como yo no hacen tales infamias. Ruego a usted que se marche. Quiero estar solo.

—¡Desgraciado joven! —exclamó contemplándome con lástima—. Dios sabe que me es imposible salvarte. La ley de la guerra es inexorable. El general Belliard ha dado órdenes terribles para exterminar la pillería de las partidas. Dame la mano, Gabriel.

Levantose no sin trabajo, y acercándose a mí, estrechó mi mano.

—Este hombre empedernido —me dijo con cierta alteración en la voz— no siente indiferencia al considerar tu triste suerte. Adiós... ¿No me das ningún recado?

No contesté nada. Mi postración, mi abatimiento moral eran extraordinarios.

—Adiós —repitió apretándome ambas manos. Las mías estaban heladas, y las suyas ardían.

Se despidió de mí, sin arrancarme una palabra más. Yo me hallaba en un estado de estupefacción dolorosa, cual si todas mis facultades se hallasen en suspenso. La abundancia, la aglomeración de ideas en mi cerebro, hacía un efecto parecido al de no tener ninguna. Me había vuelto estúpido. No podía fijarme en ningún orden determinado de pensamientos, porque en mi cabeza reinaba el caos. Mi vida pasada y la futura; aquella vida frustrada, se resolvía en él, y me era imposible expulsar de mí la tenebrosa balumba para llenar solo con Dios mi entendimiento.

XIX

El Empecinadillo, después de hartarse segunda vez de pan, dio varios paseos militares por la prisión. Luego sintiéronse pasos fuera, acompañados de una tos perruna, y mi tierno compañero corrió azorado hacia mí gritando: el coco.

Mosén Antón entró en la estancia, buscándome con la vista. Al verme, acercóseme con cierta cortedad, y su cabeza tropezó repetidas veces en las vigas del techo. Mas encorvándose llegó hasta mí, y apoyando las manos en las rodillas, doblado por la cintura y alargado el hocico, me contempló largo rato. Yo no me movía. El Empecinadillo, refugiándose en el rincón detrás de mí, metió la cabeza entre el pedazo de manta, y no hizo movimiento alguno mientras estuvo allí el coco.