»Sentí vivo deseo de volver a España y volví. Dulces memorias alegraban mi alma, y experimentaba alivio placentero pensando en la que había amado. Pero al dar en Madrid los primeros pasos, saliome al encuentro mi reputación de revolucionario y guillotinista. La que era ya condesa y mujer casada no quiso recibirme, y advertí que ya no le inspiraba desdén, sino horror. La familia gestionó para enviarme a los presidios de Ceuta... No puedo pintar la rabia, el furor que esto me producía. Mi corazón agitose de nuevo con pasiones salvajes. Recordé a París, recordé la Convención y las carretas que iban desde la Conserjería a la plaza. Yo hablaba de esto y todos se reían de mí.

»Iba a las tertulias de las librerías, y los poetas y hombres ilustrados me tenían por loco. Los necios me aplaudían. Ocupábame en fundar logias y clubs que al punto se poblaron de tontos... Huí de nuevo de España, lleno el pecho de rencores, y afiliándome en el ejército de Bonaparte, estuve en Montenotte, en Mondovi y en Lodi. Cuando él fue a Egipto, le dejé y viví en París practicando varios oficios. Alisteme luego en tiempo del Imperio, y le serví hasta la capitulación de Erfurth.

»Ya sabes que vine a España después de la invasión. ¡Qué inmensa alegría! Figurábaseme que los pies de los doscientos mil franceses que vinieron eran míos, y que con todos ellos estaba yo pisoteando el aborrecido suelo patrio... La condesa estaba viuda. Quise verla y toda la familia se horrorizó de nuevo. Tú conoces mi viaje a Andalucía, donde serví accidentalmente la causa nacional; pero mi corazón me impelía a servir a mi patria adoptiva, a mi querida Francia, que había cortado la cabeza al Rey y a los nobles.

»Creo que conoces mis proyectos. Busqué a mi hija. Quise recogerla, pero no pude. Al fin las circunstancias me han favorecido de tal modo, que este deseo ardiente de mi vida se cumplirá mañana mismo.

—Yo no veo en esto —le dije— sino una cruel venganza. Muero con la ilusión de que Dios protegerá a esas dos personas que no quieren separarse.

—Eres un necio. Cifuentes está ocupado por los franceses, y no dejan salir ni una mosca.

—¡Están presas! —exclamé con angustia.

—Presas, sí. La condesa se ha puesto bajo la protección del jefe de brigada Verdier: él no permitirá que se las ofenda.

—Dios bendiga a ese buen caballero.

—Joven amigo —me dijo con socarronería—, yo sé más que el brigadier Verdier. Y no te digo más, porque me marcho. Por última vez te pregunto si aceptas lo que te he propuesto.