Sin responder nada, miraba al techo.
—Dios está arriba —añadí—, encima del cielo azul, ¿sabes? Recemos juntos, y pidámosle piedad para la desgraciada víctima de las pasiones de los hombres... Pero tú no entiendes esto... Duérmete, pobrecillo, que es locura hacerte participar de mi congoja.
Quise rezar solo y no podía, porque no se puede rezar mintiendo. Las palabras formuladas en mi pensamiento, sin pasar a la boca, expresaban piadosa resignación con la muerte; pero la voz de mi corazón repetía dentro de mí con estruendo más sonoro que el eco de cien tempestades: «Quiero vivir.»
—Empecinadillo —grité dando rienda suelta a mi dolor—, no duermas, no, no me dejes solo. Pidamos a Dios que me dé la libertad y la vida.
El niño abrió los ojos y me habló... como él sabía hablar.
—¡No blasfemes, por piedad! —exclamé horrorizado—. ¡Dios mío! Las palabras de los hombres, ¿llegan hasta aquí?
Mi compañero sacó los brazos de su envoltorio, y empezó a dar palmadas y a reír.
—¿Por qué ríes, ángel? Tu risa me causa inmenso dolor.
Arrojose sobre mí, besándome y acariciándome.
Después me dio varias bofetadas, que acepté sin defenderme. Le cogí en brazos, y mi mano chocó con un cuerpo extraño, que anteriormente había tocado, pero en el cual hasta entonces, por circunstancias especiales del espíritu, no fijara yo la atención. Con avidez registré las ropas, mejor dicho, los envoltorios que cubrían al Empecinadillo, y encontré una cavidad, un inmundo bolsillo lleno de baratijas. Saquelo todo, y vi un pedazo de cazoleta, un cordón verde, dos o tres botones, una corona arrancada a un bordado, y una lima, un pedazo de lima como de cuatro pulgadas de largo, bastante ancha, con diente duro y afilado.