Un rayo de luz iluminó de súbito mi entendimiento. ¡Una lima! Era fácil limar uno o dos de los hierros de la reja y desenlazar los demás... Levanteme de un salto... Me creía salvado, y di gracias a Dios con una sola frase, con una exclamación pronunciada por todo mi ser... Corrí a la reja... probé la herramienta... Era admirable, y comía el hierro con su bien templada dentadura.
—¿De dónde has sacado esto? —pregunté al Empecinadillo.
—Mocavelde —me contestó.
—Ya... se la robaste a Moscaverde, el cerrajero de la partida... hiciste bien... Dios bendiga tus manos de ángel. Duérmete ahora, que voy a trabajar, y cuidado cómo lloras.
XXIII
Empecé mi tarea. El hierro cedía fácilmente; pero la faena era larga, y no parecía fácil terminarla en toda la noche, a pesar de no ser grande el grueso de las barras. Yo calculé que si lograba arrancar dos, estas me servirían de palanca para quitar las otras. Fiando en Dios, cuya protección creí segura, no calculé que, una vez abierta la salida, encontraría después obstáculos quizás más difíciles de vencer. Tenía a mi favor algunas circunstancias. El furioso viento que había empezado a soplar entrada la noche, impedía a mis carceleros oír el chirrido de la lima. Además, la lluvia glacial que inundaba la tierra, ¿no haría perezosos a los centinelas? ¿No era probable que se retirasen, que se durmieran, que se helasen o que se los llevara el demonio?
—¡Dios está conmigo! —exclamé—. Adelante... Veremos lo que dice Plobertin, si logro escaparme. Aquí le dejaré su pequeño Claudio, mi ángel tutelar, mi salvador.
Al mismo tiempo examinaba la configuración del terreno en lo exterior. Como a tres varas de la reja había un balcón largo y ruinoso, el cual estaba a bastante altura sobre el suelo, a diez varas próximamente, según observé desde arriba. Aquella fachada daba a una huerta triangular: por el costado derecho la limitaba una construcción baja, que debía ser granero, cuadra o almacén, y por el izquierdo un muro de tres varas de alto daba a un patio donde los franceses jugaban a la pelota durante el día. En el ángulo del fondo había una puerta, por la cual podía salirse (siempre que estuviese abierta) a una pequeña explanada, donde había una choza que servía de garita al centinela. En aquel momento no podía distinguir los objetos a causa de la obscuridad de la noche; pero durante el día había visto que detrás de aquel muro había un precipicio. La casa, como todo el pueblo de Rebollar, estaba construida sobre una gran peña al borde de la honda cuenca del Henares.
—Necesito hacer una cuerda —dije para mí—. De aquí al balcón es fácil saltar; pero del balcón al suelo necesito ayuda... me escurriré por la huerta, para lo cual me favorecen las matas... y luego entra lo difícil, saltar la tapia por el ángulo... El declive que baja al Henares no será muy rápido y podré descender a gatas... En tal caso, la operación puede hacerse sin que me vea el centinela, que debe estar en aquella choza de la explanada. Ánimo, Dios es conmigo. Señora condesa, Inés de mi vida, rogad a Dios por mí. Llegaré a tiempo a Cifuentes...
Las manos me sangraban, heridas por los picos de la lima rota; pero seguía en mi trabajo, deteniéndome solo cuando, calmado el viento, reinaba en torno a la casa el grave silencio de la noche. Me parecía que no solo mis manos, sino mis brazos, eran una lima, y que mi cuerpo todo estaba erizado de dientes de acero. Rascaba sin descanso el hierro, que, oxidado por algunas partes, cedía blandamente.