Al fin establecí la solución de continuidad en una de las barras; pero no pude arrancarla, por estar engastada en las otras. La ataqué por otra parte, y al fin, a eso de la media noche, quedó en mis manos. Usela como palanca; mas no me fue posible adelantar nada: emprendila con una segunda barra, y al fin, señores, al fin, después de esfuerzos inauditos, cuando hirieron mis oídos las campanadas de un reloj lejano que marcaba las tres, la reja estaba en disposición de dar salida al pobre prisionero.
Faltaba la cuerda. Con la misma lima desgarré en anchas tiras mi capote, quedándome completamente desabrigado. No siendo, ni con mucho, suficiente, tomé la manta del Empecinadillo, y con los diversos lienzos torcidos y anudados convenientemente fabriqué una cuerda que bien podía resistir el peso de mi cuerpo. No hay que perder tiempo. ¡Afuera! —exclamé con toda mi alma.
Pero una contrariedad inesperada me detuvo. El Empecinadillo, sintiéndose sin abrigo, empezó a llorar, a dar gritos como los que a prima noche habían hecho subir al fiero zapador Plobertin.
—Estoy perdido —dije acariciándole—. Por Dios y por todos los santos, Empecinadito de mi alma: si gritas, soy perdido. Calla, calla, desgraciado.
Pero no callaba, y yo ardía en impaciencia y temblaba de terror.
—Calla —repetí—. Pero, hombre, no seas cruel: hazte cargo de que me pierdes. ¿No ves que quiero escaparme? ¿No ves que me van a matar? Fuiste mi salvación y ahora me pierdes.
Cuando le tomé en mis brazos, calló; pero desde que le abandonaba, su voz de clarinete atronaba la estancia. Había que optar entre estos dos extremos: o dejarle allí, tapándole la boca, lo cual equivalía a matarle, o llevármele conmigo. Fueme preciso tomar esta resolución, que no dejaba de ofrecer algún peligro. El infeliz comprendió que yo me marchaba y se colgó de mi cuello, adhiriéndose a mí con brazos y piernas.
Semejante carga me molestaba en mi huida; pero la acepté con gusto. No me fue difícil saltar al balcón; pero del balcón a la huerta el descenso fue bastante penoso, porque mis manos, ensangrentadas y ateridas de frío, empuñaban con torpeza la cuerda. Debilitado también mi cuerpo por el insomnio y el no comer, hallábame en estado poco a propósito para la aventura; mas la ansiedad y el deseo de verme libre avivaban mis fuerzas.
En la huerta me detuve un instante. Cuando paraba el mugido del viento, el silencio era profundo. No se sentía rumor alguno de voces humanas. Avanzando despacio por entre las matas sin hojas, hundíanse mis pies en el lodo, y en tan poco tiempo la lluvia me había empapado la ropa. Seguía con precaución hasta el ángulo final, y allí observé que la choza que servía de garita en la explanada de la derecha estaba ocupada por un centinela. Le sentí toser, y vi el débil fulgor de una pipa encendida. A pesar de esto, se podía escalar la tapia por el ángulo y saltar afuera, siempre que hubiese terreno donde poner los pies del otro lado.
Estreché a la criatura contra mí. Con los ojos le mandé callar, y el pobrecito, participando de mi ansiedad, apenas respiraba. Escalé la tapia, valido de la fuerte cepa de una parra que en ella se apoyaba, y al llegar al borde, donde me puse a horcajadas, el espanto y la desesperación se apoderaron de mí. ¡Maldición y muerte!