—Os escapáis... ¿Lleváis el muñeco con vos? —dijo el zapador dejando de apuntarme—. Ahora mismo os volveréis por donde habéis venido, ¡sacrebleu! Agradeced a esa criatura, pegada a vuestro cuerpo, que no os haya dejado seco de un fusilazo... Adentro pronto; bajad a la huerta, o aquí mismo... Hombre cruel y sin caridad, ¿no veis que ese niño va a morir de frío...? Ya os ajustaremos las cuentas. ¡Adentro!
—Sr. Plobertin, volveré a mi prisión: no os sofoquéis. Estos ladrillos son resbaladizos, y es preciso andar con precaución sobre ellos.
—¿Habéis roto la reja? ¡Por la sandalia del Papa, os juro!... Si os hubieran despachado esta mañana, como yo decía...
—He escapado por milagro, ¡por un milagro de Dios! Vuestro pequeño Claudio me ha salvado.
El soldado se acercó a la tapia con actitud que más indicaba curiosidad que amenaza.
—Yo estaba durmiendo —continué— cuando me despertó una música sobrenatural. Vi al pequeño Claudio delante de mí rodeado de otros ángeles de su tamaño, y todos inundados en una celeste luz, de cuyos resplandores no podéis formar idea, Sr. Plobertin, sin haberlos visto. Corrieron todos a la reja, y el pequeño Claudio, con sus manecitas delicadas, rompió los hierros cual si fueran de cera. La visión desapareció en seguida, recobrando el muñeco su forma natural. Quise huir solo; pero vuestro niño se pegó a mí con tanta fuerza, que no pude separarle. Dios lo ha puesto a mi lado para que perezca o se salve conmigo.
No podía distinguir las facciones de Plobertin; mas por su silencio comprendí su profundo estupor. Cuando esto dije, desliceme trabajosamente hacia el sitio desde donde había explorado el despeñadero, y exclamé:
—Sr. Plobertin, no he salido de mi encierro para volver a él. Si no me permitís la fuga, estoy decidido a morir. Dad un paso hacia mí, hacedme fuego, llamad a vuestros compañeros, y en el mismo instante veréis cómo me precipito en este abismo sin fondo. Estoy resuelto a salvarme o morir: ¿lo oís bien, señor Plobertin? ¿lo oís?... En cambio, si me dejáis escapar, os devolveré a vuestro pequeño Claudio, para que gocéis de él toda la vida. Decidlo pronto, porque hace mucho frío.
—Gastáis bromas muy raras. ¿Me juzgáis capaz de creer tales simplezas?
—¡Imbécil —exclamé con exaltación, y poseído ya del vértigo que a la vez el abismo y la muerte producían en mí—, tu alma de verdugo es incapaz de comprender una acción semejante! Prefiero darme la muerte a caer otra vez en tus manos.