—¡Alto, bergante! —me dijo—. No deis un paso más y hablaremos... Bajad a la huerta y yo entraré en ella.
Al instante abrió la puerta que comunicaba la explanada con la huerta, y se puso junto a la tapia y debajo de mí. Estirándose todo, alargó la mano y tocó el pie del Empecinadillo.
—Está muerto de frío —dijo—. Dádmele acá.
—Poco a poco —repuse—. Va conmigo a visitar la corriente del Henares. Apartaos de la tapia y respondedme sin pérdida de tiempo si puedo contar con vuestra bondad.
—Soy un hombre que nunca ha faltado a su deber —dijo—. Sin embargo, os dejaré marchar. ¿Cómo saltasteis del balcón?
—Con una cuerda.
—Pues bien: poned la cuerda en el tejado de los graneros, para que mañana crean que os fugasteis por las eras del pueblo.
—Es un trabajo penoso del cual podéis encargaros vos, Sr. Plobertin. La ocurrencia es hábil y no podrán acusaros mañana.
—Pero dadme acá ese bebé que se muere de frío. Le subiré otra vez a la prisión para que se crea que le dejasteis allí.
—Muy bien pensado; pero no me fío de vos.