—Cuando Plobertin da su palabra... Os digo que podéis huir tranquilo. Yo os indicaré la vereda.
—Jurádmelo por vuestro niño muerto, por la señora Catalina, por el alma de vuestros padres.
—Yo soy un hombre de honor y no necesito jurar; pero si os empeñáis, lo juro... Echad acá ese muchacho.
—Es que todavía necesito deciros algunas condiciones que había olvidado.
—Acabad.
—Necesito un capote: he hecho trizas el mío, y me voy a helar por esos campos... Dadme el vuestro.
—No sois poco melindroso... Bien, ¡rayo de Dios! os daré el capote.
—Necesito algo más.
—¿Más? A fe que sois pesado.
—No puedo emprender mi camino sin algún arma para defenderme. ¿Tenéis una pistola?