—El demonio cargue con vos... No sé cómo tengo paciencia y no os dejo estrellaros por ahí abajo... ¿Y para qué queréis la pistola?
—Para lo que os he dicho, y además para que me sirva de defensa contra vos, si me hacéis traición. En cuanto chistéis a mi lado, os levantaré la tapa de los sesos.
—¡Dudar de mí! No sois caballero como yo. Dejad caer el muchacho sobre mis brazos y tendréis la pistola.
—Si os parece bien, dadme el arma primero.
—¡Tomadla, con mil bombas! —dijo sacándola de la pistolera y alargándomela cogida por el cañón.
—Parece cargada... bien. Ahora hacedme el favor de ir al otro extremo de la huerta y dejar allí vuestro fusil.
Plobertin hizo lo que le mandaba. Cuando volvió al pie de la tapia, bajé sin cuidado, y le dije:
—Tened la bondad de marchar delante de mí. Si gritáis o intentáis engañarme, os haré fuego. Cuando esté fuera del campamento, cambiaremos el muñeco por el capote. En marcha.
Plobertin abrió la puerta, seguile y me condujo a una vereda por donde podía fácilmente huir sin necesidad de atravesar el Henares, rodeando el pueblo para subir a la sierra.
—Tomad vuestro niño —le dije cuando me creí seguro—. Dios lo resucita y os lo devuelve en pago de vuestra buena obra... Escribid a la señora Catalina el hallazgo, y dadle memorias mías. Es una excelente señora, a quien aprecio mucho.