—El chiquillo lloraba, y yo lloraba también, pidiendo limosna a los franceses, que venían de Atienza.
—¿Venían de Atienza?
—Sí, señor.
Trijueque hacía gestos afirmativos y de aprobación, sin quitar los ojos del sacristán, mendigo y guerrillero.
—Venían con mal modo —continuó este—, y me parece que rabiaban de hambre. Un oficial me dio un pedazo de pan... Yo pedía para el pobrecito niño de pecho, que dije era mi nieto; pasó el general con algunos húsares, y al fin, un sargento que me miró mucho como queriendo conocerme... Mi general, para no cansar, ello es que me dieron 20 palos y me amenazaron con fusilarme... ¡Qué palos! Las llagas fingidas se trocaron por mi desgracia en verdaderas, y ahora estaban descansando mis lomos en la cuadra.
—Vamos a lo principal: ¿qué dirección tomaron los franceses?
—No tenía yo ganas de quedarme en su compañía después de las misas, quiero decir, de los palos, y cogiendo al chiquillo, me vine por la vuelta de Jadraque buscando a mi gente... Allí me junté con la señá Damiana Fernández, la cual me dijo que los franceses habían ido a Cogolludo.
—Que venga la señá Damiana Fernández —dijo el jefe—. ¿En dónde está?
—¿Dónde ha de estar? —replicó Santurrias—. Con el señó Cid Campeador. Ambos son uña y carne, y van montados siempre en un mismo caballo.
—Que la traigan —gritó el general—. ¿Pero dónde demonios está mi ayudante? ¡Viriato, Viriatillo de todos los demonios!